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La cuestión de los impuestos

Alberto Vargas Peña (F. Libertad) 

26 de diciembre de 2000

 

Los liberales afirmamos que los impuestos son una contribución libremente admitida, dentro de límites bien especificados, que sirven para la atención de los asuntos públicos y que dependen enteramente de la legitimidad de la representación y de la efectiva prestación de los servicios. Rechazamos la idea de que el Estado o el Gobierno o como quiera que se denomine la Autoridad, tengan vida propia independiente de la sociedad donde actúan y que, por ello, tengan derecho de imponer contribuciones.

El Estado existe porque el pueblo existe, y en las condiciones que el pueblo quiera; pero el pueblo existe porque el individuo existe, y por consiguiente sus derechos y su soberanía no pueden ir más allá de lo que los individuos quieren y los límites están justamente en el lugar en que la soberanía del individuo pueda ser discutida o destruida por una mayoría.

Contribuyo sí, dice el liberal, pero hasta el límite que no afecte mi propio desarrollo ni mis derechos en expectativa, y mientras el que he elegido como administrador y al cual controlo, cumpla con el mandato que recibe. El impuesto pues no es una herramienta de gobierno, sino la forma de solventar aquello que es indispensable para garantizar la acción privada.

Para mí, y como liberal, el impuesto no puede ser utilizado como un instrumento para orientar ni desorientar, sino que debe ser invertido para proteger mi vida, mi propiedad y mi derecho a la felicidad.

Si el impuesto deja de ser contribución para convertirse en imposición, y si yo pierdo el derecho de establecer el límite, y si no se utiliza sino para lo que el gobierno quiere, entonces la soberanía del pueblo, que no es sino la suma de la soberanía de los individuos basada en su libertad , entonces se está frente a una autocracia. O el poder viene de abajo, con todas sus consecuencias y entonces no hay más sistema de gobierno que la democracia representativa, o viene de arriba, y entonces tiene origen divino, de la fuerza o de cualquier otra razón, y también con todas sus consecuencias. No puede haber y no hay términos medios.

La concepción del impuesto y su manejo es lo que diferencia a una democracia liberal, representativa, de cualquier otra forma de gobierno.

Los economistas, que tienden todos – cuando no son sinceramente liberales – a organizar desde arriba lo que creen que puede dar resultados económicos, abominan de la libertad porque ella no los necesita. Si el individuo es libre para optar por la solución que más le convenga personalmente, y por tanto el gobierno no puede tener más política impositiva que la inversión en seguridad, defensa e infraestructura, los economistas no tendrían ningún papel que jugar.

El economista tiende siempre a pretender establecer políticas que denomina “macroeconómicas” , las cuales tienen que ver con el concepto de que el Estado o el gobierno tiene vida propia y derechos diferentes a los del pueblo. Para ellos el Estado tiene súbditos.

La economía liberal se asienta en el libre juego del mercado, porque este pensamiento es congruente con su concepto de la libertad y de los derechos del individuo, por eso una política impositiva destinada a lograr determinadas cosas en una sociedad es profundamente antiliberal, ya que afecta la libre determinación individual.

   

  

    

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