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La ordalía del recuento

Alberto Vargas Peña (F. Libertad) 

25 de agosto de 2000

  

La última semana fue estresante. A la tarde del 13 de agosto a nadie en el Paraguay le cabía la menor duda que el Dr. Franco, candidato del Partido Liberal Radical Auténtico y apoyado sobre todo por el Movimiento Nacional de Colorados Eticos había ganado las elecciones. A nadie engañó Roque Galeano, presidente del Senado, cuando a mediodía anunció la victoria de Félix Argaña, porque todo el mundo conocía el mecanismo de la maniobra en marcha. Todas las bocas de urna y los conteos que se sucedían  ya cerrado el escrutinio, daban la victoria a Franco.

El conteo preliminar del TSJE, dado la misma noche del 13 confirmó lo que todo el país sabía. Julio César Franco había triunfado sobre Félix Argaña. Faltaba oficializar el conteo del 10% de las mesas electorales, porque el resultado ya estaba cantado. Y no eran precisamente once mil votos los de la verdadera diferencia.

He aquí que desde el 14 de agosto comenzaron los apoderados de Félix Argaña a ensuciar lo que había sido – otra vez – una elección libre, pacífica y ejemplar. Desde luego que los voceros de la ANR oficialista se habían encargado de intentar amedrentar al electorado durante toda la semana anterior, diciendo que habría violencia, donde no había sino el deseo de dar una patada electoral al gobierno. No hubo violencia, pero sí hubo la patada.

Cuando se vieron perdidos los reyes del fraude, comenzaron a endosar a la parte ganadora todos los pecados que los hicieron famosos. Impugnaron todas las mesas donde no ganaron, e hicieron reclamos absurdos, dignos de Macondo, el delirante país descrito por García Márquez. Y así mantuvieron en vilo a la población paraguaya hasta que de afuera llegó un úkase imposible de desoir.

La derrota de Felix Argaña fue aplastante en varios sitios decisivos, y no quiero caer en la vulgaridad de decir que donde ganó hubo un fraude escandaloso, aunque sea cierto. Pero fue más dolorosa en lugares que eran bastiones de la ANR, antes de marzo de 1999.

Entonces hubo que inventar lo del reemplazo de las actas electorales.

          El reemplazo de las actas estaba previsto por la lista perdedora. Incluso la Policía detenía en los puestos de peaje a quienes, en caravana, venían vigilando que las actas que salieron de Ciudad del Este llegaran a Asunción.

El reemplazo no pudo ser porque la vigilancia se estableció escalonada, y a la caravana de vigilancia detenida le sucedía otra, que estaba aguardando después de cada peaje. Las actas auténticas llegaron a Asunción, y con ellas la confirmación de la patada que el pueblo le propinaba al gobierno.

Hasta el último minuto los apoderados de los perdedores intentaron cambiar fraudulentamente los resultados. ¿Qué hacía el viejo conocido Sosa Argaña, a medianoche, entrando subrepticiamente en el TSJE munido de una notebook? ¿Qué pretendía hacer esa patota alcoholizada que intentó atracar el TSJE para defender una victoria que nunca existió?

Los asesores lograron retener el conteo final y la proclamación del vencedor hasta jueves 24. Cuando vieron que era imposible cambiar los resultados por que hubo vigilancia precisa y porque los ministros del TSJE no estaban vendidos como les dijeron, fueron a intentar ganar las elecciones....en la Embajada de los Estados Unidos.

         Por fin la ordalía terminó y el TSJE proclamó al legítimo vencedor. Ahora quizá comience la batalla por el juramento, como paso previo a la batalla por el cambio. 

 

   

  

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