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Cuotas de poder y democracia

Alberto Vargas Peña (Fundación Libertad)

24 de abril de 2000

 

El acceso a los puestos de poder es hoy una cuestión de costos. Lo que ayer era un asunto de propuestas, dialéctica superior, oratoria atractiva y fascinación individual, es hoy un simple tema contable; quien tiene más gana. Y como los políticos usualmente no tienen casi nada, deben someterse al “toma y daca” que les proponen los que han de financiar sus campañas. El gobierno, entonces, se convierte en un botín que ha de ser repartido conforme a las acciones compradas a futuro.

Una campaña electoral hoy tiene sus reglas, todas ellas adecuadas a los medios de comunicación actuales, sobre todo a la carísima televisión, que proporciona “imagen” a los candidatos y hace creer al público casi cualquier cosa. Para estar en la televisión el político tiene que disponer de medios y para disponer de medios no tiene más alternativa que venderse y vender su futura gestión. En tales condiciones es indispensable que los financistas se aseguren que el poder podrá  dirigir la economía, porque de otro modo no podrán recuperar su inversión ni obtener los beneficios previstos. Si ganar es una cuestión de financiación, gobernar es una cuestión de pagar facturas.

Una conclusión obvia es que aquel que disponga de más dinero colocará en alto porcentaje sus candidatos en posiciones tales que les permitan seguir ganando dinero. Para eso es menester “dirigir”, porque de otro modo, con la economía libre, todos pueden progresar y gana dinero aquel que más trabaja; que más sabe; que mejor piensa y que más suerte tiene. La razón por la cual nadie quiere que haya libertad de mercado y economía libre hay que buscarla, aunque parezca mentira, en el costo de la llegada al poder.

El dinero es poder en la democracia actual. Lo que los socialistas consideraron la maldición del siglo, y buscaron anular con el dirigismo, ha crecido gracias a ellos, de tal manera, que será difícil enfrentarlo y mucho más dificil vencerlo; el monstruo abominado por el socialismo pero fortificado por el, es hoy un monstruo casi invencible.

¿Cómo hacer para evitar la acumulación de riqueza tan grande, en una sola o en pocas manos, que impida que esa riqueza se convierta en la dueña del poder, en la verdadera soberana? El liberalismo tiene la respuesta de las leyes antimonopolicas que buscan impedir la concentración de riqueza de una magnitud tal que pervierta los mecanismos de elección de mandatarios, pero esas leyes funcionan exclusivamente cuando la libertad económica es total. El dirigismo siempre tiende al monopolio, y el monopolio a la acumulación de la riqueza. No fue el liberalismo, por dar un ejemplo, lo que creó un Wasmosy en el Paraguay, sino el dirigismo. Gobiernos liberales hubieran producido muchos ricos, todos ellos compitiendo entre si, mientras que el dirigismo produjo pocos muy ricos, todos aliados para seguir haciendo crecer su riqueza.

La democracia enfrenta dos terribles enemigos: El primero, un sistema electoral que desvincule al pueblo del mandatario, y, el segundo, la concentración de riqueza que haga posible la tergiversación de los mecanismos democráticos mediante la compra del mandatario o su endeudamiento para llegar al mandato.

En el Paraguay, esos dos enemigos mortales de la democracia han vencido. No hay una ley electoral que vincule al elector con el elegido y la concentración de riqueza producida por el dirigismo es de tal envergadura que es en realidad la dueña de los candidatos a cargos electivos. La forma y el costo de la elección han convertido al Paraguay en una plutocracia real dentro de una carcaza democrática formal y mentirosa.