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El perdón de Clinton

Alberto Vargas Peña (F. Libertad) 

23  de enero de 2001

 

En el último minuto de su mandato, William Clinton, probablemente el presidente más inmoral que tuvo jamás Estados Unidos, decretó el perdón de un sinnúmero de delincuentes, entre ellos su propio hermano. Esto no llama la atención de nadie porque el presidente de los Estados Unidos tiene, como el paraguayo, la facultad de conmutar las penas, además de perdonar.

A nosotros los paraguayos nos llama la atención porque el Sr. Clinton, a través de Peter Romero, Maura Harty y Stephen Mc Farland provocó un golpe de estado en el Paraguay para evitar que el presidente constitucional Ing. Raúl Cubas decretara la conmutación de la pena del Gral. Lino Cesar Oviedo, establecida por un tribunal inconstitucional e imposible en tiempos de paz.

El hermano del Sr. Clinton es un delincuente común. Para los parámetros estadounidenses probablemente sea un raterillo de cuarta categoría.

Pero el hecho de que su hermano lo substraiga a la jurisdicción de la justicia es en sí, cualquiera haya sido el delito, una inmoralidad. Clinton también perdonó a una perjura, que se llamó a silencio para no incriminarlo en el caso de Mónica Lewinsky, en el cual Clinton mintió al pueblo estadounidense.

El hecho es que aún cuando se trate de una inmoralidad, las facultades presidenciales se respetan en los Estados Unidos. Asquean, pero se respetan.

El Sr. Clinton no respetó las leyes paraguayas y destruyó nuestra democracia para mantener su deseo de apartar a Lino César Oviedo del camino en pos del gobierno. Lo hizo, casi con certeza, para proteger a su asociado Juan Carlos Wasmosy, socio comercial de Mark Jiménez, que acaba de ser jaqueado en Filipinas gracias a la caída de su otro socio y protector, el ex presidente Estrada.

Clinton irá a su casa, lleno de dinero, con una pensión que le permitirá un buen pasar por el resto de sus días, exento ya de ir a la cárcel por haber hecho un trato con el Fiscal, que le reportó cinco años de prohibición de ejercicio de su profesión de abogado.

El mismo es un delincuente común, como Al Capone, que tuvo que hacer un trato para evitar ir a la cárcel. Es un perjuro declarado y mentiroso oficial, porque eso es lo que ha reconocido abiertamente. No pagará por sus pecados, ni por los internos ni por los externos, porque la democracia rota en el Paraguay no le será imputada ni ahora ni nunca.

Los derechos humanos pisoteados en el Paraguay por las políticas de Clinton no merecen una línea de los grandes diarios en el mundo, y es más importante que Clinton salga prácticamente indemne del asunto Mónica Lewinsky que pague por lo que le hizo al Paraguay.

Los paraguayos continuaremos estoicamente sufriendo el vejamen que se nos hace y tragaremos las ruedas de molino que nos vienen del norte, cargadas de hipocresía bíblica. Nos seguiremos sintiendo culpables de ser piratas y falsificadores, tramposos e ignorantes, y seguiremos creyendo que los presidentes de los Estados Unidos salen de una escuela para arcángeles, que no cometen crímenes ni son insensatos o tilingos.

          La lección de Clinton no será aprendida ni aquí ni en el mundo porque todo el mundo quiere que el gigante le sonría y le acaricie el pelo como un buen abuelo o, mejor, un buen padrino.  La democracia paraguaya destruida no quiere decir nada en un mundo que ni sabe que existimos. 

 

  

    

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