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Y ahora qué?

Alberto Vargas Peña (Fundación Libertad)

22 de mayo de 2000

    

El decreto que establece la “estado de excepción” causó un fuerte shock en una sociedad acostumbrada a la libertad. De pronto, una cortina de autocensura cayó sobre toa la población, con excepción de los medios claramente identificados con el gobierno.

Existe una desorientación enorme, porque evidentemente aquellos que eran opositores el 17 de mayo no quieren verse involucrados en el putsch militar, y como no desean pasarse al bando triunfador, guardan prudente silencio. Y entretanto, el Paraguay es el mismo del 17 de mayo, solo que con mayor silencio.

¿Qué pasa con la economía? ¿Ha mejorado? ¿De pronto se ha salido de la crisis para entrar en la abundancia? ¿La Administración se ha vuelto honesta? ¿Ha cesado el deliberado y sistemático saqueo de los fondos públicos porque los periodistas de verdad callan? ¿Quedó legitimado el gobierno?

La economía sigue igual y sus problemas en lugar de haber sido resueltos se tienen que haber agravado por los gastos que tuvo que haber demandado el putsch militar. Los fondos del fisco no pudieron haber mejorado en nada, puesto que la victoria sobre el putsch militar no significa el aumento de la contribución.

El problema de las reformas sigue allí, y si bien los sindicalistas y campesinos no podrán protestar, los cuestionamientos no pueden haber cambiado. Lo que era malo el 17 de mayo no puede haberse convertido en bueno después del putsch militar, y por el solo hecho que haya fracasado.

Los sindicalistas y campesinos no podrán protestar públicamente, esa es la diferencia, y si lo hacen, se enfrentarán con una Policía casi idéntica a la desmantelada el 3 de febrero de 1989, con el agravante de que cuenta con el apoyo de los partidos políticos representados en el Congreso.

La cuestión social sigue igual, pero esta vez los campesinos no tendrán cobertura de ninguna clase para realizar sus ilegales y absurdas invasiones de propiedades rurales ajenas. Es probable que sus intentos terminen bastante peor que los anteriores.

En eso, por lo menos, la nueva situación habrá traído alguna mejora, porque las invasiones de propiedades rurales atenta contra las probabilidades de desarrollo genuino de la sociedad paraguaya.

Según una encuesta publicada por un matutino el descontento con la situación alcanza cifras tremendas: Un 66.5% quiere cambiarlo todo, y  un 25% más, quiere cambios fundamentales.

Pero el descontento ya no podrá hacerse público, porque ser valiente no implica ser imprudente. El descontento estará allí, como en los tiempos del antiguo régimen, pero será sordo, y privado, murmurado entre cuatro paredes y entre gente que se tenga una confianza total.

A partir de ahora se hablará de cualquier cosa, menos de política, y los que tengan ideas que no sean cortadas por el mediocre molde oficial, se las guardarán muy profundo dentro de su cerebro. Y el país no adelantará un paso, porque en ese ambiente no se puede adelantar.

La “verdad oficial” está por ser impuesta porque el telón parece haber caído sobre la débil democracia paraguaya.

 

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