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Chávez y la democracia

Alberto Vargas Peña (F. Libertad) 

18 de octubre de 2000

 

Confieso que me alegró la victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela, porque significaba el fin de un régimen corrupto e insoportable: El de la partidocracia que había servido de ejemplo al sistema paraguayo. Con Carlos Andrés Pérez y sus secuaces me pareció ver la caída de Juan Carlos Wasmosy y los suyos. Pero Chávez en realidad no era un demócrata ni luchaba por la democracia, sistema que evidentemente no comprende. Tal vez se encuentre luchando por los desposeídos de Venezuela, pero con el arma y la estrategia equivocadas.

La democracia representativa es un sistema que garantiza la libertad  del ciudadano y la limitación del poder. Establece las condiciones para el desarrollo de cualquier sociedad, mientras sus mecanismos sean respetados como un todo. No se puede cambiar la ley electoral democrática a la autoritaria y pretender que el sistema de representación funcione. ¿Por qué los constituyentes estadounidenses y los comunes ingleses fueron construyendo el sistema uninominal electoral anglosajón? Porque es el único que garantiza que los mecanismos concebidos por la democracia funcionen.

La representación electoral es un invento del nacional-autoritario Otto von Bismark, que encontró la solución al problema de la “gobernabilidad autoritaria”. Todas las democracias que adoptaron el sistema de representación proporcional naufragaron en la partidocracia y luego en las dictaduras emergentes a raíz de la nausea que este sistema provoca en los pueblos. No hay una sola democracia real y estable que tenga el sistema de representación proporcional.

Por supuesto Hugo Chávez no ha analizado el problema de Venezuela en su origen, sino que ha sentido el dolor del pueblo y ha tomado el rumbo de todos los líderes carismáticos populistas, que comienzan ganando elecciones, siguen haciendo añicos los sistemas de la libertad y terminan colgados de un farol. Lamentable.

No es prematuro emitir un juicio sobre Hugo Chávez y un pronóstico sobre su futuro. Venezuela no encontrará en él sino a otro líder popular y populista superficial, que cree que dictando leyes autoritarias y restando libertades a los ciudadanos logrará sacar a su país del marasmo. Su anatema a la democracia representativa ya lo pinta de cuerpo entero, y tal vez no termine como Mussolini, colgado de las piernas de un gancho en una plaza, pero terminará como el Perón de la primera época expulsado de un país que lo hubiera adorado si llevaba su revolución a la profundidad jeffersoniana.

Los ladrones como Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera son el resultado de una equivocación original, y ni uno ni el otro hubieran podido hacer lo que hicieron sin la ley de representación proporcional. Si Venezuela hubiera sido en realidad una democracia representativa y no una partidocracia, hoy hubiera sido el país más desarrollado de América del Sur.

          Hugo Chávez fue una esperanza para millones de venezolanos pero es lamentable advertir que no es diferente de los dictadores que en el pasado reprocharon a la democracia representativa el crimen de la partidocracia, y que consideraron que la autoridad puede reemplazar la libertad. Venezuela debe prepararse para reandar el camino que la condujo a Marcos Pérez Jiménez y todo lo que vino después. Tal vez cuando el pueblo expulse a Chávez haya alguien que diga basta y decida que ya es hora de volver a la verdadera democracia. 

 

 

    

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