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¿La tierra es de Dios?

Alberto Vargas Peña (Fundación Libertad)

17 de mayo de 2000

  

Un religioso católico – era imposible que fuese de otra secta – ha dicho en el Paraguay, que “la tierra es de Dios”. ¿De cual Dios? ¿De Jehová, y entonces es de aquellos que creen en él? ¿De Cristo, y entonces es de los cristianos? ¿ De Zeus, y entonces es de los que creen en el dueño del Olimpo? ¿De Osiris? ¿De Siva? ¿De Tao?

Los disparates están a la órden del día en el Paraguay.

Legalmente la tierra en el Paraguay es o de sus propietarios o del Estado. De nadie más. Y la propiedad no tiene, como gustan decir los comunistas y sus compañeros de ruta, ninguna “hipoteca social”. Es un factor económico, que puede ser utilizado en el momento en que su propietario lo considere oportuno.

Me preguntaban, el otro día, si creía lícito que un solo propietario tuviera cuatrocientas mil hectáreas. Dije que sí, mientras pudiera mantenerlas.

Creo que la tierra tiene que pagar impuestos y que quien no los pueda pagar debe venderla o regalarla. Si una hectarea debe pagar equis dólares en impuestos, tendrá que producir para poder pagarlos, o su propietario deberá destinar esos fondos si la quiere mantener improductiva o en reserva.

Si el propietario no puede pagar, deberá venderla, y así se transmite legítima y productivamente la propiedad rural. Quien compre esa tierra tendrá que pagar los mismos impuestos, y por tanto habrá hecho sus cálculos de producción.

El religioso que lanzó la peregrina especie de que “la tierra es de Dios” debe haber sido transplantado por una máquina del tiempo desde el pasado. Ni pertenece a Dios ni a quien la trabaja. El imperio comunista hace años que pasó a la historia, precisamente porque económicamente era inviable. La tierra ha vuelto a ser de los rusos que la adquirieron en propiedad. El experimento socialista fracasó.

Hubo un experimento católico anterior al socialista, y los monjes acapararon una buena parte de Inglaterra para su propio provecho. Entonces afirmaron que la tierra era de Dios que se las había dado a las Abadías inglesas.

Enrique VIII terminó con ese cuento y de paso con el catolicismo en Inglaterra. Los católicos lo difamaron por siglos, pero las tierras pasaron a producir para la gente y a ser un factor económico de primer órden. El Dios católico, enfurecido, castigó a Inglaterra haciendola próspera y poderosa.

Bajo Isabel I, la hija de Enrique, la Inglaterra agrícola pasó a ser la primera potencia mundial. ¿Obra de los campesinos? No, de los terratenientes que sabían como hacer para que la tierra produjera.

En el Paraguay la tierra en manos de los minifundiarios – salvo aquellos nucleados en cooperativas de producción – no producen ni para el sustento de sus propietarios. No habría hambre en el país si esto fuera diferente. ¿Y para darles tierras a esos campesinos que no saben producir ni para sí mismos se ha de despojar a los que producen para bien de la sociedad en su conjunto?.

Solamente a un religioso católico se le puede ocurrir semejante disparate.

Pero el disparate es atractivo para aquellos que no tienen que comer a causa de las estupideces de los gobiernos que esquilmaron al país desde 1940. Ellos no se van a detener a pensar que la economía los ha marginado y que debe ser la economía en su conjunto la que resuelva al final su angustioso problema. El discurso estúpido del religioso, que además pasa por ser representante de una deidad, calará hondo, y procederán en consecuencia.

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