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La lección de la economía  

Alberto Vargas Peña (F. Libertad) 

15 de noviembre de 2000

  

Lo ideal para una sociedad democrática que pretende ser desarrollada es que el gobierno sea limitado y que no haya regulaciones a su economía. Cuando se habla de economía libre o sin regulaciones se habla del mercado libre, solamente sujeto a las reglas de la competencia.

El gobierno limitado no solamente debe reconocer fronteras insalvables en cuanto a poder, sino en cuanto a su capacidad de crecer mediante la aplicación de la contribución obligatoria. El nivel general del impuesto no debe superar el 15% en ningún caso, y lo ideal es que se detenga en el 10%.

Con esa contribución general el gobierno debería ser eficiente, en lo referente a la administración de sus fondos y el cumplimiento de sus fines que son, básicamente, la seguridad interna y externa de la sociedad.

La economía libre implica además que el desarrollo se dé donde el mercado lo impulsa y no donde los funcionarios o los voluntaristas lo desean.

Se puede progresar sobre la base de la agricultura, la industria, el comercio, la prestación de servicios. Lo que no se debe es favorecer ninguna actividad a expensas de otras con medidas que tergiversen el mercado.

El impuesto debe ser universal y único, porque mediante su aplicación  es posible tergiversar el comportamiento ciego e infalible del mercado, y el impuesto ideal, entonces, sería el diezmo, es decir, el pago de un 10% de todos los ingresos de todos los habitantes. Este impuesto hoy es de aplicación imposible, pero para los efectos del desarrollo económico será beneficioso todo lo que se aproxime a ese concepto.

Cuantos más bajos sean los impuestos y más fáciles de comprender y recaudar, mayores posibilidades tendrá la sociedad de desarrollarse, sobre todo cuando está subdesarrollada. Es falso que los países subdesarrollados requieran mayor actividad del gobierno en la economía.

En realidad, se sale del subdesarrollo haciendo precisamente lo contrario.

Si esto es cierto, y lo es porque la experiencia mundial lo ha demostrado una y otra vez a lo largo de la historia, prácticamente  desde Akenatón hasta nuestros días, aunque hay que decir que jamás se llegó al ideal de la libertad absoluta, entonces los paraguayos no estamos equivocando una y otra vez en la búsqueda de las soluciones para la crisis que vive el país, cuyo origen es el dirigismo y autoritarismo gubernamental.

Las épocas de florecimiento de la economía paraguaya coinciden con las de mayor libertad, mientras que las épocas de crisis coinciden exactamente con las de mayor dirigismo.

Esto demuestra, y se puede hacer una estadística desde 1811 a esta parte, que la paraguaya no es una sociedad diferente a ninguna otra en el mundo, y que las reglas que rigen para el mundo rigen también para los paraguayos.

Los actores económicos paraguayos, educados en la subordinación a una “autoridad” que se les enseñó que es sagrada, caen una y otra vez en la equivocación de pensar en que las concesiones a la voracidad fiscal forman parte de la solución a sus problemas cuando es todo lo contrario.

Hay que eliminar la voracidad fiscal mediante un sistema institucional que limite al gobierno y su capacidad de crear nuevas contribuciones.

Es el gobierno creciente, el enemigo del desarrollo y no al revés. La pobreza es resultante del crecimiento del gobierno, y no lo contrario. Jamás gobierno autoritario alguno pudo eliminar la pobreza, como lo ha hecho, en todas partes, la libertad.

    

   

    

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