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Espínola, Franco y Wsmosy  

Alberto Vargas Peña (F. Libertad) 

14 de noviembre de 2000

  

Poco a poco, las peores presunciones acerca del Dr. Julio César Franco  y su entorno cercano, van pasando de la sospecha a la realidad. El último acto protagonizado por Armando Espínola, uno de sus consejeros más cercanos y el que busca los medios financieros para respaldar su campaña, casi se ha convertido en la evidencia palpable que Franco es un hombre más del Ing. Juan Carlos Wasmosy.

El día del juramento del Dr. Franco en el Banco Central del Paraguay, todos los liberales huían de Wasmosy como de la peste, y nadie se explicaba porqué había sido invitado a la ceremonia. Armando Espínola fue el único que se acercó a Wasmosy y se puso a conversar con él en un aparte, lo que hizo sospechar que allí había gato encerrado. Durante la campaña de Franco para las elecciones del 13 de agosto se había dicho que Wasmosy era uno de los aportantes y que Franco no haría honor a las promesas electorales que lo habían hecho triunfar sobre Félix Argaña.

Los liberales no creyeron en lo que estaban viendo porque en realidad  no querían creer.

Espínola fue el primero en afirmar que el Dr. Franco no reclamaría la presidencia de la República, cargo para el que había sido electo. Y nadie en el PLRA atribuyó esa postura a una cuestión de entrega previa, sino que se supuso que era una especie de estrategia para recibir la investidura vicepresidencial sin problemas. Pero a medida que pasaba el tiempo, y con el Dr. Franco mostrándose cada día más remiso a exigir lo que el pueblo le había dado y otro estaba usurpando, los liberales comenzaron a sospechar que el juego no había sido limpio.

La actitud de Espínola con referencia al desafuero de Wasmosy vino a despertar a todos los que pensaban que la actitud de Franco era debida a la prudencia, y no a la negociación previa. Hoy caben pocas dudas acerca de la verdadera naturaleza del problema.

Wasmosy, como es habitual en él, jugó a dos puntas, y como tiene dinero de sobra que le cayó encima gracias al negociado de Itaipú, lo hizo en forma hábilmente calculada por sus estrategas. Franco , con las enormes necesidades que arrastraba, no era rival para ellos. Y Espínola mucho menos.

Cuando Espínola cayó, enredado en su propia incompetencia, Franco apareció para disculparlo. Por lo visto no puede dejar de auxiliar a su compañero y está tan comprometido con Wasmosy como él. La tumba  política de Espínola ya se ha abierto, porque los liberales no le perdonarán lo que hizo; la de Franco está a punto de abrirse.

Dije en un artículo anterior que es muy posible que las tumbas que se abran ahora sean faraónicas, es decir, que se encuentren llenas de riquezas, y que quienes desciendan a ellas lo hagan con mortajas doradas. Es lamentable que una persona que tenía un futuro político brillante lo haya dilapidado en menos de sesenta días.

         Espínola siempre ha sido un torpe en política y lo ha demostrado con su última actuación. Ni siquiera supo encubrir sus pasos y se enredó solito. Quedó expuesto ante las luces, desnudo. Pero Franco debió de ser más inteligente. Por lo visto, lamentablemente, el compromiso es demasiado grande, tanto que no se ha podido romper, ni siquiera para salvar el pellejo.

  

   

    

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