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González Macchi continúa en el poder

Alberto Vargas Peña (F. Libertad) 

10 de abril de 2001

Luis Ángel González Macchi, como lo sabe ya todo el mundo, llegó al poder a caballo de una conspiración muy bien urdida por el comité de inteligencia del wasmosismo - Juan Carlos Galaverna, Carlos Podestá, Juan Ernesto Villamayor - y la gente de acción del argañismo - Walter Bower, José Alberto Planás - y sus secuaces lainistas - Luis Guanes Gondra, Franklin Boccia, Lincoln Alfieri. Esta conspiración, como se ha comprobado en forma indudable, estuvo apoyada desde el comienzo por los Estados Unidos de América ,mediante Peter Romero, Maura Harty y Stephen Mc Farland.

         A partir del día que se hizo cargo del poder, el Dr. Luis Ángel González Macchi comenzó a realizar una serie de actos que hubiera terminado con su posición en cualquier otro país del mundo: Escándalos sexuales de los más diversos, con modelos livianas, realizados en Brasil, Argentina y España; permisividad absoluta para la corrupción y, finalmente, la degradación total:

La venta al estado paraguayo de un auto robado en el Brasil que sus amigos le habían regalado. No menciono las comisiones cobradas sin pudor alguno, como las que cobró a raíz de la construcción del Hospital Militar, que

alcanzaron, según su propia y pública confesión, cuatro millones quinientos

mil dólares.

La conducta de Luis Ángel González Macchi en realidad no sorprende a nadie; era así antes de llegar al poder y no había razón para pensar en que podría variar, lo que sorprende es que nadie, en el mundo, se sienta asqueado de compartir con él un sitio cuando se reúnen los supuestos honorables estadistas y políticos.

No me sorprende, porque conozco el paño, que los paraguayos no se muestren alterados por la conducta de González Macchi. La corrupción, según una encuesta que gusta exhibir cada vez que puede Adolfo Ferreiro, no significa nada para el noventa y ocho por ciento de los paraguayos. Solamente un dos por ciento se siente incómodo con ese tema.

La conducta política de González Macchi tampoco es nueva. Los paraguayos hemos vivido una larga dictadura que no tiene ninguna diferencia con la actual, salvo en que en esta , para disfrazarla mejor, se puede hablar.

Los políticos adversos son perseguidos con saña y torturados sin piedad, pero no como antes, bajo el imperio de la voluntad omnímoda de un general, sino bajo la cobertura, también omnímoda de la ley manejada por un juez. Los paraguayos, acostumbrados como estamos a la injusticia y la arbitrariedad, no vemos nada malo en que se persiga y se elimine a los que no piensan como nosotros.

         No tendríamos que extrañarnos de la conducta de los estadounidenses, brasileños y argentinos. Ellos quieren un gobernante corrupto en el Paraguay para que sea títere de las políticas que quieren imponer. Los estadounidenses tienen una larga historia que contar acerca de las tiranías paraguayas - desde Higinio Morínigo hasta la fecha - así como los brasileños y argentinos.

González Macchi, constituye el mejor gobernante paraguayo que pudieran haber soñado; hasta ladrón de autos ha resultado ser, lo que lo pone atado de pies y manos a merced del gobierno de Fernando Henrique Cardoso.

         Si a González Macchi no se le ocurre vender Itaipú, los argentinos no dirán nada. Cuando se anunció en el Brasil que Itaipú podría ser vendida, los argentinos inmediatamente acusaron a González Macchi de ilegítimo, calificación que ostenta desde abril de 1999. González Macchi, consciente que los argentinos se pueden poner nerviosos, se apresuró a desmentir la posible venta, que los brasileños dan por descontada.

         ¿Y Estados Unidos? El gran paladín de la democracia sigue manifestando, por boca de su Embajador David Grenlee, que González Macchi es legítimo y se comporta conforme a los cánones de la democracia jeffersoniana. Miente con toda la boca y más, pero como es el Embajador de los Estados Unidos de América, el mundo hace como que le cree. España, por ejemplo, quiere vender cosas invendibles al Paraguay por valor de cien millones de dólares y no quiere fracasar otra vez como con el asunto de las lanchas patrulleras.

Para España, entonces, el gobierno paraguayo es legítimo y democrático.

         Los paraguayos democráticos - que somos muy pocos – seguiremos esperando el amanecer democrático. Creo que esperaremos mucho.

 

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