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La crisis de los conspiradores

Alberto Vargas Peña (F. Libertad) 

06 de octubre de 2000

         

El gobierno paraguayo actual es fruto de una conspiración que se llevó  a cabo, con matemática eficiencia, desde mayo de 1998 hasta marzo de 1999.

En aquellos días, en mi columna del diario La Nación, yo acusaba al wasmo-laíno-argañista – vivía todavía Luis María Argaña, de preparar un golpe de estado para acabar con la democracia paraguaya. El golpe de estado fue dado siguiendo el siguiente programa: Aprovechamiento de la muerte de Argaña, asesinato de jóvenes en la Plaza del Congreso mediante francotiradores situados en el tejado del antiguo Cabildo y en la propia Plaza, parodia de juicio político y luego, consolidación mediante una especie de co-gobierno entre lainistas, caballerovarguistas y argañistas.

La Corte Suprema de Justicia dictó el fallo 191, una obra maestra de la falsedad y la interpretación dolosa de la Constitución para convertir el interinaje en permanente y otorgar la presidencia de la República a un senador que formó parte principal en la conspiración.

Antes del mes, la coalición comenzó a resquebrajarse, y antes de un año, se hundió. Los responsables del atentado contra el cuerpo de Argaña no pudieron, por chapuceros, probar una sola de sus acusaciones y los liberales comenzaron a sentir vergüenza de estar sentados con y aliados a los asesinos de marzo. La trama quedó al descubierto y los hombres de Wasmosy comenzaron a hacer mutis por el foro.

Quedó en el gobierno un sector del Partido Encuentro Nacional, aliado con el argañismo, y enfrentaron juntos las elecciones del 13 de agosto del 2.000. El PLRA venció a pesar de su candidato, un indolente Julio Cesar Franco. Mientras Franco decepcionaba a todo el mundo, especialmente al mundo exterior que vio en él al mismo buey manso que yo describí cuatro días después de su juramento, en el gobierno se suscitaba una lucha feroz por los girones del poder y los restos del país.

La logia de Itaipú, bajo la jefatura real de Enzo Debernardi y la nominal de Juan Carlos Wasmosy, hizo estragos en el argañismo infantil de los hermanos Felix y Nelson Argaña.

Sin enemigo a quien perseguir, los lobos comenzaron a morderse ferozmente entre ellos.

Y ahora Nelson Argaña trata de “rata” a Bader Rachid Lichi y conspira para hacer un juicio político al senador que colocaron en la presidencia y que no quiere saber nada de compartir el poder porque se siente cómodo con el desquicio general.

Mientras el país se desangra, robado, esquilmado, burlado y asaltado por cuanto delincuente hay en el planeta, González Macchi se ocupa de que Nicanor Duarte, su propio ministro de Educación, no llegue siquiera a ser candidato en la ANR, y los Argaña buscan la forma de desembarazarse de González Macchi al menor plazo posible.

Ya hay emisarios conversando con todo el mundo para conseguir los dos tercios  de votos que se necesitan en el Congreso para destituir a González Macchi. A los liberales le prometen el gobierno, a los colorados disidentes el acuerdo político, al UNACE el olvido. Lo único que quieren ahora es destruir a González Macchi y lo pueden conseguir porque no habrá nadie que lo defienda. ¿Y después, qué?

El argañismo va a jugar a traicionar a todo el mundo para quedarse con el botín. La logia traicionará a los argañistas porque no dejará que nadie toque el botín. Los oviedistas seguirán siendo la fuerza  electoral principal, pero sin conducción serán la hermosa y codiciada niña boba que está presta a caer en las manos de cualquier sinverguenza y los liberales de Franco llorarán por haber elegido a un buey manso cuando debieron elegir a un d’Artagnan.

La crisis en el argañismo es la fase final de la infortunada democracia paraguaya que nació en 1989, fue traicionada en 1992 y pasará a la historia como una época triste que debió ser reemplazada por un líder carismático y fuerte. Nos ha ocurrido otras veces y nos volverá a ocurrir. 

 

    

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