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Réquiem para las reformas

Alberto Vargas Peña (Fundación Libertad)

03 de mayo de 2000

           Publicado como editorial por el diario La Nación de Asunción

Este diario anunció, apenas se había anunciado la presentación del proyecto de ley de “reformas del Estado” ,que se trataba apenas de una maniobra tendiente a hacer creer que había intenciones de poner al Paraguay en el camino de la modernidad, pero que el objetivo real era mantener el statu-quo sin término.

Hoy, los hechos han dado, otra vez, la razón a La Nación.

El gobierno ilegítimo y usurpador jamás tuvo la menor intención de llevar adelante las reformas. Desde luego que sin apoyo popular no se puede hacer nada, y este gobierno es el más impopular de la historia, pero se podía, por lo menos, enunciar bien el propósito. Desde el planteo estuvo mal hecho porque en realidad lo que desea este gobierno es dejar las cosas como están.

La reforma del Estado tiene su comienzo en la Constitución. Si no se

habla de reforma constitucional no se habla de reforma del Estado. En la Constitución hay disposiciones que hay que hacer desaparecer y faltan algunas indispensables. Es preciso que se establezcan los verdaderos mecanismos de frenos y contrapesos y de limitación del poder público, al mismo tiempo que es indispensable que se cambie por completo el sistema de elección y control de los jueces, para organizar una Justicia honesta, rápida y eficaz.

Nada de eso se previó o siquiera fue anunciado. Se publicó un mamotreto de seiscientas páginas llenas de expresiones de deseos absolutamente incumplibles, y se le encargó la orientación y organización de la reforma a una persona que nada sabe de ella.

Luego de la reforma constitucional debió venir la organización de la reactivación económica, que tiene su base en dos disposiciones sucesivas; primero la desmonopolización total de la economía – sin excepción alguna – y luego la privatización de las empresas públicas, también sin excepción alguna, y bajo el régimen de “pague y lleve”.

De esto ni se habló, ni siquiera en los círculos empresariales, que se encuentran todos organizados corporativamente y, por tanto, defienden intereses oligopólicos. La competencia, base de la economía libre y garantía de la tendencia a la baja de los precios, no le interesa a nadie con poder en el Paraguay.

El gobierno prefiere el dirigismo; los políticos prefieren tener empresas públicas para colocar a sus incondicionales y operadores, y el empresariado clama por la protección, solamente posible en un sistema de falta de competencia.

El hecho es que el Paraguay se está convirtiendo rápidamente en un país inviable dentro de un mundo cada vez más globalizado y competitivo. La sanción a esta mala conducta es el empobrecimiento, cada vez más rápido, cada vez más profundo y cada vez más irreversible.

Lo que se puede afirmar categóricamente es que el Paraguay no se desarrollará en los próximos años y que su sociedad – salvo los grupos privilegiados que se empotren en el gobierno – seguirá empobreciéndose.

El país seguirá siendo altamente inestable y la democracia real será un sueño de algunos, muy pocos. En medio de la anarquía, el Paraguay terminará, casi con certeza, devorado por sus vecinos.

Paraguay es el enfermo de América, y no existe la menor esperanza de  curación porque hay una mayoría que se opone cerrilmente a todo cambio, a toda reforma.

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