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Cosas raras

Alberto Vargas Peña (F. Libertad) 

01 de setiembre de 2000

  

El juez de la causa, en el caso Argaña, Dr. Jorge Bogarín era quien, como juez instructor dentro de un sistema inquisitorial como el que regía en el Paraguay al momento del suceso, quien debía impulsar la investigación del caso para encontrar la verdad. En el sistema penal no interesan los protagonistas sino la verdad. Veamos que hizo.

No averiguó de quienes eran las huellas digitales en la granada de mano arrojada bajo la camioneta del Dr. Argaña, que de haber estallado hubiera borrado, en medio de un relámpago, las huellas que están diciendo que pasó. La granada no estalló porque olvidaron quitarle el seguro.

No averiguó con peritos en balística la trayectoria del proyectil que un médico, el Dr. José Bellasai, afirma que “dobló la esquina”. El Dr. Bellasai afirma que la bala de un revolver calibre .38, disparada de arriba para abajo, luego de atravesar el vidrio de la ventanilla trasera de una camioneta 4 x 4, acertó en la “cadera” del Dr. Argaña, donde produjo un orificio con tatuaje y labios en forma de cruz, y rebotando en la pelvis alcanzó el corazón, que no sangró.

Todos los peritos afirman que es imposible que una bala calibre . 38 haya tatuado una herida luego de atravesar un vidrio, o haya dejado un orificio típico del disparo a quemarropa, o haya rebotado en la pelvis para cambiar de trayectoria en un ángulo de noventa grados. Los textos de medicina forense están de acuerdo con los peritos: El orificio tatuado y con labios en forma de cruz corresponde a un disparo a quemarropa.

No averiguó por qué ni las heridas en el brazo derecho del Dr. Argaña ni la herida en la cadera sangraron.

No averiguó si la autopsia examinó el contenido del estómago del Dr. Argaña. Presenció, según dicen, la autopsia, pero no le llamó la atención que se pasara por alto un detalle tan revelador que hubiera demostrado, mas allá de toda duda, la hora aproximada de la muerte.

No averiguó por qué el conductor de la camioneta del Dr. Argaña,  personal entrenado para custodiar mandatarios, realizó la maniobra que expuso el flanco del lado que viajaba el Dr. Argaña – o su cadáver – a los asaltantes.

No averiguó por qué los custodios no intentaron siquiera repeler el ataque, cuando estaban a bordo de una especie de tanque de guerra.

No hizo hacer un peritaje a la “historia clínica” del Dr. Argaña, en la que se consigna una extraña herida lineal – que tampoco sangró y tiene el aspecto típico de efectuada a un cadáver – ni a qué se debía el litro de sangre “negruzca y coagulada” que se encontró en los pulmones y corazón del cadáver, hecho que se produce, salvo un milagro, unas ocho horas después de la muerte.

No solamente no averiguó eso sino que se negó sistemáticamente a realizar las diligencias pedidas por la defensa del Mayor Servín, acusado de complicidad en un atentado que probablemente fue una tapadera.

           Todas estas cosas raras inducen a suponer que mientras hay personas que desean que se aclare el hecho, hay otras que desean que el hecho sea interpretado como ellas quieren. 

 

             

  

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