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Yanquis

Enrique Vargas Peña 

31 de agosto de 2001

Había una vez un pequeño país oprimido. No estaba sufriendo porque no tuviera recursos o porque sus habitantes fueran cretinos, sino porque estaba gobernado por ladrones sostenidos por la “gente bien” que vivía de contratos y prebendas públicos.

            Los habitantes de ese país quisieron cambiar pacíficamente ese gobierno varias veces, pero cada vez que había elecciones y los corruptos perdían, recurrían a jueces venales que prevaricaban en forma olímpica para mantenerlos en el poder.

            Las personas decentes entraban a las cárceles y los inmorales eran dueños de la situación.

            Todas las veces que se robaban elecciones o se protestaba contra la situación aparecía en ese pequeño país oprimido el embajador de Estados Unidos para decir que él y su gobierno creían que había que respetar los plazos que beneficiaban a los corruptos porque eso era la ley.

            El embajador de Estados Unidos nunca hablaba del respeto a la ley cuando los jueces venales prevaricaban, pero siempre, con un cinismo que ofendía a la decencia, terminaba sus discursos pro-oficialistas diciendo que, por supuesto, él creía en la democracia.

            Así, los ladrones habían logrado despojar a ese pequeño país de millones de dólares que depositaban en cuentas en el extranjero. Seiscientos millones, setecientos millones, demasiados millones que debieron haberse usado en salud, educación, comunicaciones, energía.

            Cuando los ladrones viajaban a Estados Unidos, los recibía incluso el presidente. Sus socios comerciales tenían el teléfono directo de la Oficina Oval de la Casa Blanca. Cuando los que querían el cambio hablaban, los norteamericanos decían que no tenían credenciales democráticas y les cerraban las puertas.

            Así que cuando los funcionarios norteamericanos caminaban por las calles de ese pequeño y desgraciado país, la gente los miraba con cada vez más resentimiento pues ellos eran el principal sostén del régimen opresor.

            Hasta que, después de mucho aguantar, no se aguantó más y los ciudadanos de ese país salieron a las calles a demoler el sistema de corrupción que les habían impuesto. Derrocaron a los ladrones, encarcelaron a los jueces prevaricadores, hicieron devolver los bienes malhabidos a la “gente bien”.

            Y también cerraron la embajada de Estados Unidos y sus misiones militares, civiles y comerciales y sus absurdos sofismas en pro de la corrupción y los negociados.

            Escucha yanqui, ese pequeño país es Cuba y esto no es un cuento, sino que sucedió en la vida real en 1959.

            Yo solo espero que los paraguayos tengamos alguna vez también la fuerza necesaria para recuperar nuestra democracia perdida, para meter en la cárcel a los ladrones y a sus jueces y para expulsar de nuestro país a sus cómplices de las embajadas extranjeras.

 

    

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