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Por qué seremos derrotados

Enrique Vargas Peña

Se vislumbra con claridad cada vez mayor, y realmente espero estar equivocado, la consolidación del régimen diseñado por Juan Carlos Wasmosy que está ahora presidido por el senador Luis González Macchi.

Ocurre que quienes se oponen al designio de la oligarquía han caído en la trampa de dejarse distraer con promesas cortoplacistas en vez de concentrarse en organizar y hacer crecer una fuerza capaz de vencer en la elección del 13 de agosto con un discurso democratizador.

Al distraerse, la oposición ha dejado el campo libre a proyectos insuficientes para enfrentar con éxito a la dictadura.

Así se tienen las candidaturas de Diógenes Martínez, de Enrique Riera, de Julio Cesar Franco, de Luis Alberto Wagner, que, al haber renunciado a plantear la elección de agosto como un plebiscito sobre el régimen, juegan a favor de Félix Argaña y de sus financistas, a los que otorgarán una legitimidad que la dictadura no tiene.

La verdadera oposición debió haber planteado la elección del 13 de agosto como una consulta sobre el sistema inaugurado el 28 de marzo de 1999, invitando a los paraguayos a votar por tres años más de lo mismo o por un cambio radical.

Debió decir que si triunfaba ese día, iniciaría un proceso dirigido a devolver al pueblo paraguayo la soberanía que le fue robada hace un año.

Pero, en vez de hacer todo eso, la verdadera oposición se dejó arrastrar a lo que los militares llaman una "maniobra de diversión", dejando de trabajar en un proyecto efectivo para la transformación que todo el país reclama y cuyas banderas buscan secuestrar ahora Francisco Oliva y otros peones del señor Wasmosy, aprovechando aquella distracción.

El régimen está teniendo éxito en evitar que la elección del 13 de agosto permita al pueblo pronunciarse sobre él y en convertirla en el mero trámite formal de llenar la vacante de la vicepresidencia de la República.

Lo que duele es que quienes debían verlo con claridad, han caído en la emboscada y no logran salir de ella.

Qué lejos estamos de aquellos liberales de España, que convirtieron las elecciones municipales de 1931 en un plebiscito sobre la oligarquía entonces gobernante y la derrotaron sin atenuantes en las urnas, desencadenando uno de los más bellos procesos revolucionarios de la Historia occidental.

O de los demócratas de Zimbabwe que hace poco propinaron una tremenda paliza electoral al dictador Robert Mugabe, o de los reformistas iraníes que sacudieron a votazos el poder de los curas y los chupacirios.

El 13 de agosto había que expresar el descontento nacional. Los que están de acuerdo con la presente situación debían votar por Félix Argaña. Los que no están de acuerdo, debían votar por el candidato que se comprometiera a abolir el régimen. Nadie debía desperdiciar su voto en los candidatos situados en el medio, pues ellos benefician a Wasmosy.

Pero ahora, gracias al ardid, ningún candidato cuestiona realmente al régimen, los votos se desperdiciarán en ellos y, con Félix Argaña, tendremos más de lo mismo por mucho tiempo.