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El castrismo de Rubín

Enrique Vargas Peña

Con motivo de la llegada de una delegación de médicos cubanos, contratada por el ministro de Salud, Martín Chiola, a los efectos de prestar asistencia en el departamento de San Pedro, Humberto Rubín, director-propietario de Radio Ñandutí, presidente de Cerneco y principal operador del aparato publicitario paraguayo, se declaró admirador de Fidel Castro, para escándalo de algunos ingenuos.

Rubín no hace eso por comunista, sino por su imagen, desgastada por diez meses de apoyo a la dictadura paraguaya.

La dictadura paraguaya ha sido instalada por el gobierno de Estados Unidos presidido por William Jefferson Clinton y está sostenida por ese país en todos los planos, principalmente el internacional.

Los organismos que debían evitar el establecimiento de una dictadura en Paraguay, como la Organización de Estados Americanos o el Mercosur, han sido paralizados por presión de Estados Unidos, que ha impedido la aplicación de la cláusula democrática al régimen de Asunción.

En ese contexto debe entenderse, por ejemplo, el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas con Cuba, después de la larga ruptura ordenada justamente por Estados Unidos a la anterior dictadura paraguaya presidida por Alfredo Stroessner.

El régimen dictatorial paraguayo estableció relaciones con Cuba con permiso, y tal vez por sugerencia, de Estados Unidos, con el fin de proyectar una imagen de independencia con respecto al "gran país del Norte" que en realidad no tiene.

Se trata del mismo tipo de jugada que la Unión Soviética permitía a su satélite Checoeslovaquia con respecto a Israel, en los tiempos del comunismo.

La absoluta responsabilidad norteamericana en el establecimiento de una dictadura en Paraguay es fácilmente observable en la actuación de los embajadores Robert Service y Maura Harty en los asuntos paraguayos y, a un nivel superior, en la Peter Romero, subsecretario de Estado norteamericano para América Latina.

Y en los votos norteamericanos en los organismos de la OEA a los que tocó tratar el caso paraguayo, tales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos y en los organismos multilaterales de crédito, Banco Interamericano de Desarrollo y Fondo Monetario Internacional.

La jugada de Rubín es de la misma especie. Pretende demostrar una posición "progresista" que oculta su compromiso con una dictadura oligárquica a la que no solamente presta el servicio de propaganda, a través de su radio, sino el de ejercer sutil coerción sobre los medios críticos, influyendo en el pautaje publicitario.

Es una pena que Castro haya terminado siendo instrumento de los designios norteamericanos.