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El principio de la vacuna

Enrique Vargas Peña 

30 de enero de 2001

El principio de la vacuna, enunciado ya en 1796 por el físico inglés Eduardo Jenner y usado en 1885 por el sabio francés Luis Pasteur, es simple: se introduce en un organismo un agente, en calidad controlable por aquel, con el objeto de que produzca por sí mismo los elementos necesarios para neutralizar las acciones que dicho agente naturalmente produciría.

Los que siguieron las publicaciones relativas a la intentona golpista del 18 de mayo de 2000 saben que ella fue una aplicación magistral del principio de la vacuna en el organismo del régimen de marzo, que le sirvió para asegurar su supervivencia, amenazada entonces por la descomposición social resultante de su gestión.

Los agentes usados fueron aquellos elementos de la oposición incapaces de comprender los procesos revolucionarios quienes, víctimas de su ignorancia y de su ansiedad, se convirtieron en instrumento inconsciente de aquello contra lo que luchaban.

Lenin, el teorizador supremo del proceso revolucionario, denominó a estos agentes “enfermedad infantil” (“Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”).

Obviamente, lo esencial del principio de la vacuna es que los agentes sean auténticos. La vacuna no funciona si los agentes no son auténticos.

El régimen de marzo, presidido por Luis Ángel González Macchi pero integrado incluso por adversarios ocasionales o aparentes como Juan Carlos Wasmosy, está enfrentando ahora una nueva y más grave etapa de descomposición que la que motivó a los idiotas útiles del 18 de mayo de 2000.

Una amplia coalición de organizaciones, acompañada por la simpatía creciente de toda la población, está planteando un desafío profundo al régimen, diferente a la comedia  que pretende montar la dirigencia liberal radical auténtica (la convención originalmente convocada para el 25 de marzo) para volver a secuestrar las posibilidades de cambio en el Paraguay.

Ante ese desafío, es previsible que el régimen vuelva a usar el principio de la vacuna.

Tramará una nueva conspiración golpista, a la que atraerá a esos mismos tontos que siempre creen que se puede hacer una revolución con un cuartelazo militar y que nunca aprenden que el pueblo en la calle “ejerciendo ya el poder” es el único camino real para cambiar las cosas.

           Los opositores al régimen de marzo que se sumen a una conspiración de ese tipo deben ser tratados, tal vez, de la misma forma en que se trata a los colaboracionistas de las dictaduras: su estupidez irredimible impide la liberación del Paraguay y sirve únicamente a los opresores.

 

  

    

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