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Uruguay eligió a Batlle

Enrique Vargas Peña

El liberal Jorge Batlle fue elegido el domingo 28, presidente de Uruguay, en la segunda vuelta electoral, por más del cincuenta y dos por ciento de los votos.

La elección de Batlle no supone la continuidad de la política que el actual presidente uruguayo Julio María Sanguinetti ha seguido hacia el Paraguay porque el primero viene de otra línea del tradicional partido Colorado al que pertenecen ambos.

Pero supone la continuidad del compromiso permanente de Uruguay con la democracia y los derechos humanos, desde que Batlle ha sido un luchador persistente y coherente a favor de esos dos elementos que hacen a los países civilizados.

Denunciante férreo del poder militar antes del establecimiento de la dictadura en su país en 1973, fue perseguido por ella cuando las Fuerzas Armadas uruguayas siguieron el camino diseñado por Samuel Huntington y alentado por Estados Unidos, organizando un régimen militar en su país.

Liberal de toda la vida, en la mejor tradición del liberalismo, la que considera que sin instituciones libres no hay economía verdaderamente libre, la que habla del consentimiento de los gobernados como primer elemento del orden político, no será difícil para Batlle ver que en Paraguay no hay democracia ni se respetan los derechos humanos.

Sobrino de José Batlle y Ordoñez, el hombre que construyó el Uruguay moderno, a principios de siglo, Jorge Batlle no será engañado porque unos cuantos curas se encuentren entre los defensores de la dictadura paraguaya.

Demasiados sacerdotes hay que sirvieron a las peores tiranías de derecha y de izquierda como para que nadie que tenga alguna ilustración pueda ser confundido por las sotanas.

Pero, claro, la política exterior uruguaya no necesariamente debe regirse en base a las experiencias y vivencias personales de su director principal, sino, como ocurre con cualquier país que se precie, por los intereses permanentes de la sociedad.

El tradicional compromiso uruguayo con la democracia y los derechos humanos puede verse constreñido por las cuestiones relativas a Mercosur, al entendimiento con Brasil y Argentina, a la convivencia con Estados Unidos, que situarían al caso paraguayo en el nivel de baja prioridad del ministerio uruguayo de Relaciones Exteriores, en que se encontraba hasta que el fanatismo de la dictadura paraguaya pretendió extender su mano larga hasta Montevideo, causando la reacción del presidente Sanguinetti.

Pero ese compromiso estará allí, para amparo de los perseguidos, guste o no guste al régimen de Asunción, que va quedando como el único sistema del Mercosur que no desea elecciones, que ha suprimido alguna de las que ya estaban programadas y que se encuentra en tren de suprimir las que todavía faltan, en orden a asegurar su poder autocrático.