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La posición de Franco

Enrique Vargas Peña

29 de agosto de 2000

       

Aquellos que esperaban que el nuevo vicepresidente de la República, Julio César Franco, se precipitara a tratar de forzar cambios radicales en el poder estarán ya decepcionados de él, del mismo modo en que estarán desilusionados los que esperaban una actitud pasiva y colaboracionista.

El Dr. Franco viene a ejecutar su propia agenda política y no la de algún entusiasta tercero, a estar por la manera en que el vicepresidente electo está realizando su acercamiento al poder.

Esto es independiente de los resultados que pudiera obtener con el desarrollo de una agenda propia, que no necesariamente deben terminar bien, o mal. Franco tiene a este respecto una virtud y un defecto. El defecto es que se mueve en el marco de una dirigencia política, la liberal, que no ha logrado demasiados éxitos desde el inicio de la transición y sí estruendosos fracasos cuando todo parecía preparado para beneficiarla. La virtud es que el vicepresidente ha sido siempre un ganador.

Tras las reuniones que ha venido manteniendo en varios ordenes, Franco ha esbozado varios mensajes: con la aceptación de la fecha que  quería el régimen para su asunción al cargo, el vicepresidente dice que jugará según las reglas en uso desde el 28 de marzo de 1999; con el compromiso con el presidente González sobre impulsar la reforma del Estado, dice que satisfará las aspiraciones del poderoso sector empresarial; con la declaración sobre el ejercicio de sus funciones constitucionales, dice que no le apura la cuestión de llegar a la presidencia de la República.

Sin embargo, al mismo tiempo, gente de su entorno, como Miguel Abdón Saguier, están recordando al régimen su falta de legitimidad y su debilidad.

         Es decir, Franco le está diciendo al régimen que él no apurará la caída, pero que, de producirse el derrumbe, tampoco lo desaprovechará.

         El mandato de Franco no hace referencia a estos asuntos: hace referencia a la reconciliación nacional, a terminar con las persecuciones políticas. Ese es, en esencia, “el cambio que el pueblo quiere”.

         Con González Macchi o sin él, si Franco cumple con ese mandato, tendrá buena chance de ser elegido presidente en el 2003, con la salvedad del desarrollo de la situación económica y social, cuyos signos no son alentadores.

         Es una posibilidad a tener en cuenta la de un colapso de la economía paraguaya, en cuyo caso el mandato de Franco habrá sido rebasado, demandando de él la adopción de posiciones que le aseguren no verse comprometido con un régimen que ha conducido al país al despeñadero en que se encuentra. 

 

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