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Alternativa moral

Enrique Vargas Peña

28 de noviembre de 2000

  

Un saludable consenso acerca del estado de quiebra moral en que se encuentra el Paraguay está tomando cuerpo en la sociedad. Todos los paraguayos con un resto de decencia saben que es necesario hacer algo, rápido, para que sus hijos puedan tener oportunidad.

         Los violadores del Paraguay, por supuesto, viven en otro planeta, obteniendo ingresos que cargan a los contribuyentes, ya mediante el presupuesto, ya mediante contratos que compran pagando coimas a empleados corruptos de la sociedad.

         Los intereses de estos dos grupos de personas, por un lado la gran mayoría de los paraguayos que todavía pueden diferenciar un negocio de un negociado, y por el otro el pequeño grupo que vive de privilegios obtenidos mediante negociados, son contrapuestos.

         ¿Por qué?

         Porque los ingresos de la minoría privilegiada no surgen de su productividad, o de su creatividad, sino de su capacidad de extraer de la mayoría, mediante la fuerza o mediante la trampa, los recursos que necesita.

         La minoría privilegiada no genera riquezas, se las apropia. La mayoría es la que genera recursos, que le son robados. El interés de la mayoría en no ser robada afecta radicalmente el interés de la minoría en vivir bien a costa de la sociedad.

         Una prueba muy actual y muy evidente de esto es el presupuesto de 2001. Todos los recursos genuinos que serán extraídos de la sociedad irán a parar a salarios o contratos que no guardan relación alguna con la situación o la necesidad del país. Los honorables diputados, por ejemplo, no quieren ajustarse el cinturón presupuestándose menos. Quieren que la gente se ajuste el cinturón para presupuestarse más ellos. Y como ellos, todos los demás privilegiados.

         Ese escándalo, que se viene repitiendo en el Paraguay desde hace bastante tiempo, genera reacciones sociales y produce votos-castigo, como el ocurrido el 13 de agosto de 2000, que permitió la elección de Julio César Franco como vicepresidente de la República.

         Sin embargo, cada vez que se produce una reacción social como esa, los privilegiados terminan por incorporar a su grupo a los abanderados de la misma, como con Franco, o por derribarlos lisa y llanamente.

         Este ya habitual secuestro del cambio ocurre porque no hay, en el Paraguay, una fuerza política organizada en torno a principios. No hay una alternativa moral, a la que no se pueda tentar con plata o con poder, para servir al pueblo paraguayo.

         No hay una fuerza capaz de sostener el derecho del pueblo a gobernar y la obligación de todos a actuar limpiamente. Entre los políticos paraguayos a nadie se le ocurre decir que deben disminuirse sus salarios, sus viáticos, sus gastos de representación; que deben desaparecer sus autos de lujo, sus secretarias millonarias; que debe darse el ejemplo del ajuste desde el poder.

         El consenso sobre la quiebra moral no ha dado paso aún al surgimiento de un movimiento social organizado de forma a resistir con éxito las tramoyas con las que los inmorales vienen manteniendo sus privilegios a pesar, y a costa, del pueblo paraguayo.

      

   

    

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