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Sin proyectos

Enrique Vargas Peña

27 de junio de 2000

 

La última disputa por la presidencia de las cámaras legislativas ha reconfirmado que la auto denominada “clase política” paraguaya, incluidos en ella los exponentes de la oposición a la dictadura, carecen de proyectos y están en el ruedo político solamente para ganar espacios de influencia.

         Esta actitud no es nueva, sino que se produce desde que en el Paraguay se dejó de pensar, hace unos sesenta o setenta años (tal vez los últimos políticos con proyecto que pasaron por la historia nacional fueron los Ayala entre los liberales y el grupo que secundó a Stroessner entre los colorados).

         La consecuencia de hacer política sin proyectos conduce necesariamente a adoptar acríticamente los modos de acción vigentes y, por tanto, a renunciar a ejercer sobre los mismos cualquier influencia rectificadora.

         Eso explica no solamente el permanente deterioro de las formas de hacer política en el Paraguay, que a falta de influencias renovadoras se hunden en remedos cada vez menos logrados de lo que fueron desde los tiempos de la Guerra del Chaco, sino la falta de alternativas que la opinión pública percibe en políticos que se comportan, todos, de la misma manera.

Los políticos paraguayos hacen política sin proyectos, porque carecen de filosofía, carecen de una formación que les permita encontrar respuestas adecuadas a sus ideales para transformar la realidad en la que operan.

Los partidos políticos, que debían servir como apoyo ideológico a los hombres de acción para evitarles los riesgos de actuar sin sustento, se han convertido, también ellos, en simples clubes de contrataciones e influencias, más vacíos aún que los políticos que medran a través de ellos.

El cuadro general es desolador. Laíno se oponía a Stroessner y realizó durante esa oposición muchos actos valerosos que sirvieron para convencernos a muchos paraguayos acerca de la necesidad de vivir en un país libre, pero, nunca pudo esbozar adecuadamente un proyecto alternativo que permitiera al país cambiar y terminó repitiendo, dentro y fuera del partido Liberal la mayoría de las prácticas que caracterizaron al régimen stronista.

Oviedo se opone a Wasmosy, y está realizando, en este paso por la oposición que le toca vivir, actos que ponen en evidencia la necesidad que tenemos de vivir en un país regido por leyes iguales para todos, pero no ha esbozado hasta ahora una propuesta que vaya más allá del mero cambio de hombres para administrar el mismo sistema.

Por eso los diputados y senadores oviedistas se mueven como un fluido sin cauce, pactando con unos u otros, sin otro norte que la supervivencia y alejados completamente de cualquier pretensión de cambiar la suerte del país.

Es una pena.              

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