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El año que perdimos la democracia

Enrique Vargas Peña

Termina el año 1999 y es momento de hacer un brevísimo balance.

Es un año que será recordado por las tragedias que lo signaron: el asesinato del vicepresidente Luis María Argaña; la masacre de la plaza del Congreso; el derrocamiento del gobierno legítimo del Paraguay; el proceso de consolidación del régimen dictatorial que ahora nos oprime; el deterioro de las condiciones socio-económicas; la instrumentación política de la administración judicial; la reaparición de la tortura, la privación de libertad por causas políticas, la persecusión de periodistas críticos, etc.

Merece mención aparte la muerte de José "Coco" Villar por parte de una "fuerza de tareas" del Estado, cuya actuación fue sucesión y consecuencia lógicas de los acuerdos y sentencias de diciembre de 1997 (doctrina Paciello), que legalizan los actos arbitrarios del Estado y del principio de "obediencia debida" justificada antes por los senadores Diego Abente y Gonzalo Quintana.

El diario Ultima Hora nos hizo conocer los detalles de la vasta conspiración realizada para arrebatar al pueblo la democracia, el derecho a elegir a sus gobernantes.

La dictadura ha instaurado, con el aliento entusiasta, ingenioso y constante de Juan Andrés Cardozo, Pepa Kostianovsky, Humberto Villalba, Alfredo Boccia (hijo), entre otros, una política de exclusión y hostigamiento contra toda forma de oposición. Oponerse a la dictadura y pedir elecciones es ser oviedista y ser oviedista es carecer de derechos, como lo ha recordado Walter Bower el pasado día 20.

El discurso navideño de González Macchi no modifica esa política y reafirma la voluntad de sostener el poder del régimen por medio de pactos que excluyen la consulta al pueblo.

En este contexto, Humberto Rubín, quien dirige el aparato de control publicitario, imputa al diario ABC Color (también el día 20) una tendencia oviedista que se prueba, seguramente, en haber tratado de sostener la verdad durante este triste período. Este espacio no es suficiente para recordar todo lo que se ha dicho de La Nación.

Un ataque propagandístico virulento y formidable está en marcha contra el pueblo paraguayo, en virtud del cual ahora son demócratas los que no quieren elecciones; son opositores los que comparten el gobierno y son decentes los que roban.

El Partido Liberal Radical Auténtico se desangra en una disputa soez entre Domingo Laíno y los secuaces de Yoyito Franco para ver quién ejerce el patronazgo de los zoqueteros. El Encuentro Nacional solo actúa cuando hay que reprimir o defender los intereses de Guillermo Caballero Vargas.

La Iglesia Católica y los gobiernos de Estados Unidos y Brasil son los soportes externos del Paraguay de Marzo, como gusta autodenominarse el vigente régimen autoritario, con lo que todas las cláusulas democráticas (OEA, Mercosur, Unión Europea) se han convertido en papel mojado que sirve solamente para humedecer alguno de los pomposos discursos con los que Clinton explica sus ambiciones.

Esas cláusulas democráticas no han evitado un solo abuso de los muchos que han sufrido los ciudadanos paraguayos desde el 28 de marzo.

Pero en la noche dictatorial hay destellos de esperanza. Panamá recuperó su Canal; en Venezuela, Chávez tiene ventajas sobre una coalición parecida a la paraguaya; David, en fin, derrotó a Goliat.

A todos los presos políticos, a todos los expoliados, a los perseguidos, a los que sufren intolerancia y miseria, a los que nos oponemos a la arbitrariedad y a la usurpación: no perdamos la esperanza, mantegamos en alto durante el año 2000 las banderas de un Paraguay libre, justo y democrático.