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editorial del diario La Nación del 25 de enero 2000*

Aberrante política de EEUU

Cualquiera que haya estado siguiendo el desarrollo de los acontecimientos ecuatorianos de los últimos cuatro o cinco años conoce el alto grado de intervención norteamericana existente.

En eso, Ecuador constituye un verdadero paradigma.

Hay que recordar que el señor Peter Romero, actual subsecretario de Estado de EEUU para Latinoamérica, viajó a Ecuador hace pocas semanas para tratar de salvar, mediante su sorprendente e inusitada intervención personal, la presidencia de su hombre en ese desdichado país, Jamil Mahuad.

Romero había sido embajador norteamericano en Ecuador antes de asumir sus actuales funciones.

Su sucesor al frente de la embajada en Quito, Leslie Alexander, fue uno de los protagonistas del golpe de Estado que derrocó al último presidente constitucional de Ecuador, Abdalá Bucaram, despojando al pueblo ecuatoriano del derecho de darse sus propios gobernantes.

Alexander había denunciado que las aduanas ecuatorianas "molestaban" a empresarios importantes para su país, tal vez del estilo del filipino Mark Jiménez.

En el curso de ese golpe de Estado, en el que sin recato alguno se realizó una parodia de juicio médico en el que no se presentó tan siquiera una receta de farmacia, el gobierno de EEUU no vio, y mucho menos discutió, la flagrante violación de la Constitución ecuatoriana mediante la que se deshizo de un presidente molesto.

Con la honrosa excepción de Argentina, que llamó golpe al golpe, todos los demás países de América se alinearon con Washington a pesar de que el modelo será aplicado en cada uno de ellos.

Así llegó Mahuad a la presidencia de Ecuador: habiendo perdido las elecciones ante Bucaram, pudo acceder al poder al cabo de dos años, gracias a una votación en la que este estaba proscrito y, por tanto, en la que los ecuatorianos no tenían, realmente, libertad de elegir.

Las votaciones con exclusiones han llegado a ser una prescripción tradicional de EEUU. Elecciones sin peronistas en Argentina, elecciones sin comunistas en Paraguay o Centroamérica. Ahora, elecciones sin candidatos totalmente domesticados en todas partes.

Luego, Estados Unidos apoyó a Mahuad lo más que le convino. Al señor Clinton no le importa el dolor ecuatoriano.

Arrepentido, el ex diputado Paco Moncayo, quien había dado aval militar al golpe contra Bucaram, ha mostrado al mundo quién es este Jamil Mahuad: el hombre que terminó por destruir la economía de su país para salvar a sus socios, dueños de los dieciocho bancos que, también en Ecuador, fueron "rescatados" mediante leyes de "emergencia financiera".

Según Moncayo, los banqueros dieron cinco millones de dólares para la campaña electoral de Mahuad y este les devolvió setecientos millones en "salvataje". Hasta en eso es una historia conocida.

El régimen de Mahuad no encontró mejor forma de distribuir los costos del favor que devaluar la moneda ecuatoriana imponiendo sobre los más pobres el más injusto de los impuestos, la inflación.

Cuando se produjo el estallido social, EEUU, que no se preocupó de la Constitución ecuatoriana cuando derrocaron a Bucaram, salió corriendo a gritar que la rebelión de los oprimidos era "inconstitucional".

Y detrás de Washington, el coro de políticos oportunistas que ahora ejerce el gobierno en numerosos países de América Latina, tan semejantes a Mahuad y tan apurados en doblegarse ante Clinton que no vieron el giro de la Casa Blanca que, finalmente, bendijo el cambio en Ecuador, dejándolos en el ridículo más patético.

Clinton avaló el cambio en Ecuador porque hubo allí una reacción triunfante de sus aliados, que han impuesto no solamente la permanencia de un régimen reprobable, sino la del propio Mahuad, como padrino de honor.

Mientras, el pueblo ecuatoriano seguirá languideciendo y pagando las contribuciones de quién sabe qué "exitoso empresario" a las arcas del partido Demócrata de EEUU, una forma aberrante que algunos políticos norteamericanos han encontrado para evadir el control de sus conciudadanos.

*EVP