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El "electoralismo"

Enrique Vargas Peña 

24 de enero de 2001

  

Algunos políticos parecen no cansarse de caer en los lugares comunes que muestran a la sociedad quiénes son sus verdaderos mandantes.

El cliché según el cual el país no progresa porque dedica sus energías al “electoralismo” es el lema propagandístico preferido de la rama empresarial del catolicismo y es uno de los más dañinos sofismas que envenena la vida paraguaya desde 1936.

Si la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, tal como la definió Abraham Lincoln, entonces el “electoralismo” es su sistema operativo, sin el que no puede, sencillamente, funcionar.

En efecto, las elecciones son el instrumento principal y necesario, aunque no único, que tiene el pueblo para ejercer el gobierno, participar en él y controlarlo.

Sin elecciones no hay democracia. Esto es tan obvio que tal vez lo entendería incluso alguien como el cura Oliva.

Cuanto más y más frecuentes elecciones haya, más controlado por el pueblo estará el gobierno. Esa es la razón, por ejemplo, por la que los constituyentes norteamericanos establecieron elecciones cada dos años.

Enfrentados a la evidencia del éxito que esa fórmula ha tenido en Estados Unidos, los católicos suelen recurrir a argumentos más descaradamente fascistas, ya de tipo mussoliniano: “nuestro pueblo –dicen- no está preparado para esa clase de democracia, hace falta que alguien con mano dura lo guíe”.

Esta idea racista es, por supuesto, completamente falsa. El Paraguay ha sido guiado con mano dura desde la Independencia y eso no nos reportó ningún progreso sostenido y duradero.

Es más, esa mano dura, sostenida por la Iglesia, es la causa de nuestro atraso por lo que va siendo hora de ensayar otra cosa. Después de 1989 pareció que lo haríamos, pero los curas y las embajadas norteamericana y brasileña se encargaron de apoyar a esos políticos sin pueblo que en marzo de 1999 se apoderaron del gobierno llevando a la práctica la idea de que tanta elección distrae las energías nacionales.

Los resultados del sofisma están a la vista: el gobierno “por la gracia de Dios” (en vez de la del pueblo) de González Macchi, está deteriorando todos los renglones de la vida nacional excepto aquellos que ocupan sus amigos que solamente crecen a costa de los demás.

De manera que los políticos deberían dejarse de decir disparates y en vez de tratar de seguir en los cargos que ocupan suprimiendo el derecho del pueblo a darles la patada en el trasero que se merecen, deberían mejorar su desempeño para ganar legítimamente las próximas elecciones. Si es que la Iglesia y Estados Unidos y Brasil las permiten y si el católico Dr. Déndia recibe permiso de organizarlas decentemente.

    

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