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Tener razón

Enrique Vargas Peña

20 de octubre de 2000

  

Tener razón es un problema grave. El que la  tiene se gana pronto el abandono y hasta el desprecio incluso de sus seres más queridos. Margarita  Yourcenar dice, en "Memorias de Adriano", que tener razón antes de tiempo es, en realidad, una forma de equivocación.

        Si uno tiene la desgracia de tener razón antes de tiempo en Paraguay, es objeto de burlas, y sus posiciones valen menos que alguna frase de Tinelli repetida por cualquiera que se mueva en una Hilux 4x4, símbolo máximo del éxito en el país, ese éxito logrado al margen de los escrúpulos y que es causa de la situación en que estamos.

        Desde marzo de 1999, en medio del delirio que generó en ciertos  grupos el derrocamiento del gobierno constitucional, sostuve la entonces antipática y condenada idea de que todo aquello era un error que los paraguayos pagaríamos muy caro, porque no se rompen impunemente las vidas institucionales de las naciones.

        Al menos eso es lo que enseña la Historia, esa vieja maestra que tan pocos aprecian aquí y que tantas lecciones tiene para dar.

        Creo tener derecho, por tanto, a pedir que no se descalifique a los que, como Gonzalo Quintana, apoyaron el golpe de marzo de 1999 pero buscan ahora salidas desesperadas porque están viendo cómo todas sus esperanzas han sido defraudadas y cómo el país está siendo demolido desde adentro hasta llegar a niveles que nunca creímos posibles.

        Lo que en este momento corresponde es salvar a nuestro país. Nadie puede ser dejado de lado.

        El Paraguay está sufriendo uno de los momentos más críticos de toda su  historia y, lo que es peor, las perspectivas son ominosas. La quiebra moral de  la sociedad nos sitúa en la puerta del mismísimo Infierno.

        Nadie, ni siquiera los más íntimos amigos de las fuerzas que llevaron adelante el golpe de marzo del 99, está hoy en posición de negar que las consecuencias de aquel acto han sido catastróficas, no porque el presidente González Macchi sea especialmente perverso, como cínicamente pretenden muchos de quienes le acompañaron durante el período más cruel y arbitrario de su gestión, sino porque dicho golpe impidió consolidar la estabilidad y la  previsibilidad posibles solamente cuando se respeta la voluntad del pueblo.

        La amarga lección que podemos y debemos aprender los paraguayos es que no es posible prosperar con exclusiones, con parodias judiciales, con  trampas, con negociados, con golpes financieros, con contratitos públicos.

        A la hora de escribir este comentario, no se sabe aún si tendrá éxito o no la alianza de emergencia que para intentar salvarse busca el presidente González Macchi con los argañistas o con quien sea. Sin embargo, todo el país sabe ya que no quiere lo que hay ahora.

         El cambio es, pues, cuestión de tiempo. Pero si se vuelve a secuestrar el cambio con el fin de seguir viviendo al costado de la moral y de la razón, será más barato que continúe nomás González Macchi.

        Sé que por afirmar todo lo anterior seré tratado, como antes, de oviedista, de soberbio y de pedante. Pero, también como antes, temo estar en lo cierto. 

 

   

 

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