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La cuestión del déficit

Enrique Vargas Peña

20 de setiembre de 2000

 

         Las recaudaciones alcanzan para cubrir apenas tres cuartos de los gastos salariales del Estado y, además, están en descenso. Los gastos públicos, sin embargo, aumentan porque el gobierno sigue contratando gente y sigue otorgando sinecuras a sus allegados.

         Todos, desde los enviados del Fondo Monetario Internacional hasta los lectores de los medios, le están diciendo al gobierno lo que debe hacerse para salir de la situación explosiva en que se encuentran las finanzas públicas, pero nadie, en el sector oficial, con la excepción del ministro de Hacienda, hace nada significativo para revertir la tendencia.

         Las cosas, en la economía, no son muy complicadas y las fórmulas son del dominio público.

El gobierno no puede inventar los recursos que necesita para mantener al funcionariado. Mucho menos puede inventarlos para la decreciente inversión pública.

Salvo que obtenga algún nuevo crédito internacional, semejante al que le otorgó el gobierno de Taiwán, no tendrá más camino que hipotecar, en detrimento de los intereses nacionales, algunos bienes de la República o, lo que es igualmente desastroso, emitir moneda.

Hay numerosos partidarios de esto último en el mundo oficial y en el de sus amigos, que con este último expediente no solamente pagarán con la disminución del poder adquisitivo de los ciudadanos el sostenimiento de la burocracia, sino que licuarán sus deudas en guaraníes (pues así ha sido contratada la mayoría de ellas).

Consecuentemente, las perspectivas no pueden ser peores. A corto o mediano plazo la economía paraguaya acelerará drásticamente su incursión en la stangflación.

Y ante eso no basta con tener “buena onda” como dicen algunos empresarios, para evitar la catástrofe. La “buena onda” y la buena voluntad no alcanzan, lamentablemente, para modificar las malas políticas del gobierno.

          Para que las cosas comiencen a mejorar, es necesario cambiar esas políticas. Lo que hay que saber es si el gobierno tiene posibilidades reales de cambiarlas sin comprometer los mecanismos en que se sustenta socialmente.  

 

 

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