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Poder y abyección

Enrique Vargas Peña

20 de abril de 2000

 

Es notable el espectáculo de los seres humanos sometidos a la presión del poder, espectáculo observado desde la antigüedad por los estudiosos de los problemas institucionales de la sociedad y aprovechado, en general, por los políticos.

Los políticos, con la excepción de los que llegan al grado de estadistas, que no son muchos, se aprovechan de las tácticas para acumular poder y les es una materia completamente indiferente la de qué hacer con el poder, salvo retenerlo el mayor tiempo que sea posible al costo que sea necesario.

Octavio apareció en la historia de la República Romana en un momento crítico. Las instituciones que los fundadores de la República habían establecido en el año 243 de su fundación estaban naufragando ante la embestida de las marejadas provocadas por las luchas entre demócratas y conservadores.

Políticos como Cayo Mario, del partido demócrata, y Cornelio Sila, del partido conservador, habían socavado gravemente la Constitución hasta el punto de destruir sus mecanismos de acceso y renovación al poder, lo que generaba un permanente peligro de guerra civil. La guerra era, en efecto, el único modo efectivo para decidir quién debía dirigir al Estado.

César, del partido demócrata, no solamente había llegado a la cúspide tras una sangrienta y prolongada guerra, sino que había decidido que el mejor remedio para la República era suprimirla, lisa y llanamente.

Los conservadores, (Bruto, Casio, Cinna, etc.) estaban disconformes y decidieron a su vez que el mejor remedio para oponerse a César era matarlo.

Ni el primero ni los segundos lograron superar los límites que caracterizan y definen al político, y terminaron por sumir a Roma en un proceso sin retorno, lento pero sin retorno, hacia la cosa totalitaria que terminó de tomar forma en el año 1058 de su fundación, bajo el gobierno de Diocleciano.

Octavio se hizo cargo de asentar las bases de este proceso, mediante el uso de una interpretación aviesa de la Constitución, impuesta por la simple fuerza de las armas.

Era un gran táctico para acumular poder y le era absolutamente indiferente cualquier asunto que no fuera retenerlo el mayor tiempo que fuera posible al costo que fuera necesario.

Desde su puesto de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas (Imperator), obtuvo de un Senado del que habían sido borrados los opositores, el poder formal del tribunado (Tribunicia Potestas), es decir, el derecho a proponer legislación o a vetarla.

Sumó a estos el de presidente del Senado (Princeps) y Sumo Pontífice, desde los cuales se encontró en posición de dirigir la vida romana en todos sus aspectos relevantes.

Poner la vida y la hacienda de los ciudadanos en una situación condicional, sometiéndolas a su arbitrio, fue la reforma fundamental de Octavio.

Había logrado la suma del poder público como nunca antes la había alcanzado nadie desde la proclamación de la República, más aún considerando que había disfrazado todo esto con las formalidades de la institucionalidad republicana.

El efecto sobre los romanos fue auténticamente deletéreo.

En menos de diez años, fueron reducidos a ser un grupo de comadronas confundiendo sus chismes de cocina con la actividad pública. Quince años más tarde nadie se atrevía ya a contradecir en público los puntos de vista oficiales. Veinte años después se consideraba un mérito recibir alguna gracia del déspota y luego fue natural aceptar que la vida y la hacienda de las personas se encontrasen completamente a disposición del poder.

Donde antes había ciudadanos, ahora habían solamente abyectos.

Así aparecieron personas como Calígula o Domiciano o Cómodo. U otras que, bien intencionadas, no lograron revertir el proceso, como Tiberio o Vespasiano o Nerva o Adriano.

Cuando los seres humanos pierden independencia vital, cuando su futuro y el de sus seres queridos dependen de la buena voluntad de terceros, o de ajustar sus conductas e incluso sus creencias a lo que esos terceros pretenden o desean, se mata la libertad y mueren las Repúblicas.

En Perú está sucediendo eso mismo ahora, con Fujimori. En Paraguay ocurrió con Stroessner y está volviendo a suceder hoy, con los Argaña.

La vocación totalitaria de las fuerzas wasmosistas no se observa sólo, ni siquiera principalmente, en las violaciones de derechos humanos o en las de la Carta Política de 1992 (2745 de la fundación de Roma), sino en la extorsión subterránea que pretende doblegar voluntades controlando los salarios.

Los desafíos que los políticos pueden presentar a una Constitución determinada, los riesgos de guerra civil que dichos desafíos conllevan, son poca cosa comparados con el riesgo de hacerles frente sin saber en verdad por qué se está luchando y cuáles serán las consecuencias finales de la lucha.

Esto no obsta para mantener el necesario cuidado que requieren los problemas inmediatos, que casi siempre son los que determinan la victoria o la derrota de una causa.

La lucha por la libertad no puede, pues, limitarse a la proposición de determinados programas elaborados para superar la presente coyuntura, sino que debe, imperiosamente, estar destinada a establecer garantías sólidas y prácticas, no solamente teóricas, para que cada ciudadano paraguayo obtenga y mantenga aquella independencia vital que la libertad requiere.