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No caer en la tentación

Enrique Vargas Peña 

19 de abril de 2001

        En su probable desesperación, los más astutos integrantes del gobierno de Luis Ángel González Macchi están tentando al oviedismo con las mieles del poder.

        El oviedismo no puede cometer peor error histórico que asociarse con el más corrupto, inepto e ilegítimo gobierno de la historia paraguaya, aún cuando el precio de no hacerlo sea excesivamente elevado, salvo que sea para sostener una transición hacia la abolición del sistema inaugurado el 28 de marzo de 1998.

        Es indudable que dos años de persecución tenaz hacen mella en cualquiera, es indudable que las perspectivas a corto plazo son que Brasil y Estados Unidos sigan sosteniendo al régimen de marzo, es indudable que hay urgencias vitales que no admiten espera.

        Pero también es indudable que la victoria moral del oviedismo sobre sus adversarios abre las puertas a una estruendosa victoria política e institucional con la condición de no comprometer ahora los duros momentos pasados por una aventura descabellada con González Macchi o sus amigos.

        Compartir el poder ahora con González Macchi, o aceptar dádivas de su parte, o brindarle apoyo de alguna clase, es nada menos que tirar por la borda los principios cuya defensa convirtió al oviedismo en la única alternativa democrática a disposición del pueblo paraguayo.

        Si se puede transar con eso, no habría diferencias entre el oviedismo y los cómplices del marzo paraguayo.

        La única posibilidad de negociación admisible con los cómplices de marzo podría ser la restauración ordenada de la democracia en Paraguay (asunción de Julio César Franco, admisión de los parlamentarios excluídos, despolitización total del Poder Judicial, procesamiento incondicional de civiles y militares implicados en violaciones de derechos humanos, recuperación de los bienes públicos robados).

        El precio de entrar en un contubernio que no contemple alguna de estas premisas básicas será terrible para el oviedismo.

         Para entenderlo no tiene más que observar el triste destino del partido Liberal Radical Auténtico que, por preferir el atajo que le ofrecieron los poderes fácticos antes que la confianza del pueblo, terminó como está ahora, despreciado por todos.

   

    

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