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La caída de Fujimori

Enrique Vargas Peña

18 de setiembre de 2000

 

          De una forma tan intempestiva como sorpresiva, el presidente peruano Alberto Fujimori, guía y ejemplo de los numerosos políticos latinoamericanos que confunden eficiencia con autoritarismo, renunció de hecho a su cargo apenas cincuenta días después de haber logrado conquistarlo por tercera vez.

         Fujimori anunció la convocatoria de nuevas elecciones generales en su país, a las que, según dijo, no concurrirá ya.

         La acción del presidente peruano se produjo en el marco de un gran escándalo de corrupción en el que su principal colaborador, Wladimiro Montesinos, fue filmado mientras sobornaba a un diputado de la oposición para tentarle a integrarse al oficialismo.

         El régimen de Fujimori, justificado a sí mismo por la derrota del terrorismo y de la inflación, dos flagelos que afectaban al Perú, fue una progresión continua hacia el autoritarismo y, en los últimos tiempos, tenía en su haber tanta persecución, tanta corrupción, tanta violación de derechos humanos y libertad de prensa como cualquiera de los más recordados regímenes militares del continente.

         Durante su prolongada gestión, Fujimori logró el apoyo norteamericano, y esa fue la razón por la que la Organización de Estados Americanos, OEA, invalidó su propia “cláusula democrática” cuando en 1992 el presidente peruano disolvió el Congreso y el Poder Judicial.

         La acción de Estados Unidos, además de las de las Fuerzas Armadas peruanas, aparece justamente como decisiva en la acción tomada por Fujimori, destinada a dejar el poder.

         El caso de Baruch Ivcher, el periodista que fue despojado del su canal de televisión por oponerse al régimen, así como el grotesco fraude electoral de hace dos meses, volcaron a la opinión pública internacional en contra de Fujimori, que perdió así a sus dos más importantes aliados.

         Su precipitado abandono del poder pone en ridículo a Brasil, que bendijo las maniobras con las cuales el presidente peruano pretendía continuar en el poder.

                Fujimori es una nueva demostración de que las democracias de América Latina deben fortalecerse desde adentro, para no caer víctimas de intereses extraños aliados con inescrupulosos locales. 

 

 

 

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