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Paraíso paraguayo

Enrique Vargas Peña

18 de julio de 2000

  

Las calles y rutas del país se van llenando de autazos y 4x4 con calcomanías que nos quieren hacer creer que vivimos en el mejor de los países, gobernado por la mejor de las administraciones y que para asegurar todo eso debemos aceptar al candidato de ellos, de los dueños de los autazos y las 4x4: Félix Argaña.

         Nada tengo contra los autazos y las 4x4. De hecho, me gustaría mucho tener alguno. Pero me molesta un tanto la manera en que algunos propietarios de estos vehículos aseguran los recursos que les permitieron adquirirlos.

         No deseo referirme ahora a los grandes ladrones públicos. Todos sabemos quienes son.

         Quiero hablar de los beneficiarios de pequeños contratitos del Estado, de esos que no llaman la atención, que se otorgan a dedo y que permiten formar las clientelas en las que encuentra base social el régimen que preside el senador Luis González Macchi.

         Los contratitos permiten a esta gente vivir desahogadamente sin más esfuerzo que el de hacer bien el trabajo que les piden, cultivar las amistades que les aseguran la subsistencia y mantener la fidelidad al régimen, de cuando en cuando.

         La dictadura protege a esta clientela de tener que hacer las demás cosas que la vida pide al resto de nosotros (aparte de hacer bien el trabajo, etc.): ellos no tienen que competir, no tienen que luchar a brazo partido para demostrar que su trabajo merece la confianza del consumidor, no tienen que sufrir el rigor del mercado.

         Van tranquilos por las derruidas calles de Asunción mirando hasta con extrañeza a los cada vez más numerosos niños de la calle, sin siquiera preguntarse por qué crece y crece el número de miserables y pensando que las cosas están mejor de lo que nunca estuvieron.

         Y, sin embargo, la pobreza aumenta por causa de ellos. El Estado está hipotecando nuestros recursos para pagar la buena vida de estos discretos sinvergüenzas que todavía tienen la audacia, a veces, de hablar de decencia y de moral.

         Ellos son el electorado de Félix Argaña. Son muchos, aunque dentro de la enorme burocracia del Estado se vean insuficientes. Sus votos, sumados al trabajo que realizarán los señores integrantes de la administración de justicia electoral y la misión de la Organización de Estados Americanos, podrían valer más que el hastío, el cansancio y la repulsa que siente el pueblo paraguayo hacia el régimen más incompetente y represivo que haya sufrido el país desde 1989. 

 

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