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El recurso del método 

Enrique Vargas Peña 

17 de setiembre de 2001



    El golpe militar que el 11 de setiembre de 1973 puso fin a la dilatada experiencia democrática chilena, una experiencia que enorgullecía a Chile, fue más que un terrible choque entre las peores taras que sufren las sociedades latinoamericanas en general.
     Los detalles de las acciones de cada uno de los protagonistas de aquella trágica jornada, en la que fue derrocado el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende Gossens, son demasiado conocidas ya como para que se requiera más que una somera revisión.
     Hay otros hechos, escondidos durante mucho tiempo, sobre los que recién ahora se empieza a reflexionar con serenidad y con pruebas. Por ejemplo, la intervención de los gobiernos de Estados Unidos y de Brasil en la destrucción de la vida institucional chilena.
    El año pasado, con la publicación de los archivos secretos de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) se pudo constatar, al fin, lo que la izquierda había sospechado y denunciado por años: que los norteamericanos tuvieron participación decisiva en los asuntos internos de Chile y en la instalación en ese país de un gobierno no elegido por el pueblo.
    La pasada semana, el alcalde de Río de Janeiro, César Maia, denunció, a su vez, la participación de su país, Brasil, en la abolición de la entonces tambaleante democracia chilena.
    La alianza entre Estados Unidos y Brasil, que es antigua, pesa mucho más en el destino de los infaustos pueblos de América que las cláusulas y cartas democráticas que se empeñan en declamar mientras hacen todo lo posible por destruir la fe popular en la democracia y sin perjuicio de apoyar a dictadores como Alberto Fujimori o golpes como el de Augusto Pinochet.
    Esta alianza alienta y profundiza, como método para obtener beneficios, las divisiones que naturalmente sufren las sociedades latinoamericanas.
     Nadie parece discutir ya que en Chile, desde un tiempo antes de la asunción al poder de Salvador Allende (1970), la división de la sociedad se había agravado por dos motivos principales: uno, el programa de acción del propio Allende; otro, la resistencia de la oligarquía universitaria-terrateniente a reformar el sistema de sus privilegios.
    Allende, un marxista ortodoxo, sostenía que el único camino para progresar era establecer un régimen de tipo soviético.
    Era el vicio, común en la mayoría de los políticos latinoamericanos, de creer que el país es un papel en blanco sobre el que se puede simplemente escribir cualquier cosa.
    La "democracia burguesa", decía Allende, sería suavemente reemplazada por la "democracia popular" que es como se denominaban a sí mismas las dictaduras comunistas.
    En el medio de los allendistas y los antiallendistas, una vasta mayoría de los ciudadanos solamente quería vivir en libertad y con relativo bienestar. 
    La pugna entre unos y otros duró tres años (1970-1973), durante los cuales la credibilidad de los políticos se derrumbó estrepitosamente, siendo reemplazada por la desesperación.
    Ahora se sabe, mediante documentos de la CIA, que Estados Unidos arrojó nafta a la hoguera para eliminar de la vida chilena a las fuerzas sociales que disgustaban a los negocios norteamericanos.
    Pero una cosa es promocionar de modo legal y moral el interés legítimo de los negocios del propio país en tierras extranjeras y otra muy diferente es mandar hacer afuera de Estados Unidos lo que adentro se consideraría un crimen.
    Estados Unidos tiende siempre a potenciar fuera de sus fronteras soluciones antidemocráticas.   
    Eso hizo en Cuba, apoyando a Batista, en Nicaragua, apoyando a Somoza, en Argentina, apoyando a Videla, en Vietnam, apoyando a Van Theiu, en Irán, apoyando a Reza Pahlevi. Es su método de política exterior.
    El golpe militar que el 11 de setiembre de 1973 no fue el último alentado por los norteamericanos. La democracia en América estará en peligro mientras EEUU sea su garante.

    

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