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La verdad no interesa

Enrique Vargas Peña

En el caso que afecta a Austria se observa, una vez más, que la verdad no interesa, que lo que interesa es alinearse de manera radical con Estados Unidos y gritar, más que los mismos norteamericanos, las consignas por ellos establecidas.

Cualquier persona que haya seguido con mediana regularidad el caso del acceso al poder en Austria del partido llamado Liberal (FPÖ), sabe que numerosos observadores independientes, desde Wolfgang Schaeube hasta el diario Times de Londres, han sostenido que el líder de esa agrupación política, Jörg Haider, no es nazi.

Ser nazi es algo muy concreto que no se define por criticar a Winston Churchill, o por decir que los oficiales de las Waffen SS eran personas medianamente decentes, o por decir que las políticas de empleo de Hitler eran buenas, o por decir todas estas cosas juntas.

Tampoco se define por ser hijo de oficiales del régimen nacional-socialista alemán, como es Haider, ni por tener una hacienda que fue adquirida cuando los judíos fueron obligados a vender sus tierras en los dominios de Hitler.

Ser nazi es adherir al programa de Nüremberg, de segregación racial. Es ser partidario de la organización corporativa de la sociedad y la economía. Es aborrecer la democracia burguesa como sistema de organización política. Eso, concretamente eso, es ser nazi.

Eso es lo que informó al gobierno de Buenos Aires el entonces embajador argentino en Viena, Juan Carlos Kreckler, destituido de su cargo esta semana por haber enviado tal informe.

El gobierno de Fernando de La Rúa es patético en su alineamiento con los norteamericanos, un alineamiento vergonzante, oculto, sórdido, muy distinto al de las abiertas, públicas, "relaciones carnales" que había establecido su antecesor Carlos Menem con Estados Unidos.

Menem se alineó en nombre de un planteo ideológico. De la Rúa se alinea por estar sometido a presiones. Menem fue aliado de Estados Unidos, De la Rúa es su satélite. Menem tenía voluntad propia ante la Casa Blanca, De la Rúa solamente obedece.

Esto explica el despido de un embajador que cumplió con su deber de informar según sus datos propios, y no según los datos proporcionados por el Departamento de Estado de Estados Unidos, sobre los sucesos austríacos a su gobierno.

Pero como el informe contradecía la consigna norteamericana, se castigó al informante y se renunció a la autonomía operativa del servicio exterior argentino, para situarlo directamente en la órbita de la Casa Blanca.

El embajador Kreckler explicó que en el informe "mencioné interpretaciones extraídas de distintas fuentes de Austria, particularmente de Simon Wiesenthal, máximo perseguidor del nazismo y autoridad mundial en la materia, que inclusive fue reproducida por la prensa argentina".

Recordó que en ellas se decía que "Haider es un demagogo, un populista de derecha, no un nazi. Se sobredimensiona el riesgo que implica para la democracia en Austria".

El caso de Haider, y el del embajador Kreckler, muestra el tipo de mundo que se avecina, un mundo en el que tres tunantes de Washington nos dirán qué debemos y qué no debemos creer, con absoluta independencia de si nuestras creencias tengan o no base en la verdad.

La verdad es un valor que no interesa a Estados Unidos, que solamente tiene en cuenta algunos intereses.