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Las consecuencias

Enrique Vargas Peña

El 31 de octubre pasado, sostuve que en el Paraguay de Marzo el acceso a espacios de poder es un acto de fuerza; que hay espacios de poder determinados por la potencia de quienes los ocupan y que la lógica democrática en que tratábamos de vivir desde 1989 había sido violentamente reemplazada por otra, feudal, en la que cada cual trata de reforzar, por la fuerza, su espacio.

Dije que eso explicaba las crecientes protestas corporativas, sectoriales, que caracterizaban al país y que la ley general había sido reemplazada por la arbitrariedad general.

El compromiso con el que la dictadura que sufrimos aplacó los reclamos de la Federación Nacional Campesina en San Pedro es una manifestación clara de ese nuevo orden que vive el Paraguay desde el 28 de marzo de 1999.

Las relaciones sociales en el Paraguay no se basan ya en el respeto de derechos, sino en la capacidad de imponer posiciones.

No solamente la Federación Nacional Campesina puede imponer expropiaciones más o menos disimuladas de venta, sino que los ministros pueden intentar tener dos cargos públicos, los policías enfrentarse a los marinos, los argañistas disponer del aparato estatal a placer, el Tribunal Electoral negarse a ser auditado por la Contraloría, etc., etc.

La feudalización tiene consecuencias, como las tuvo la instrumentación política del Poder Judicial. Los que apoyaron por oportunismo o por pura miseria la instrumentación judicial lloran ahora la corrupción rampante o los abusos de poder, como si estos no fueran causados por aquella por la que trabajaron con esfuerzo digno de mejor causa.

El llanto presente no les exime de responsabilidad.

La feudalización menoscaba los derechos, paraliza el aparato productivo, deteriora las maneras de convivencia, hace descender el nivel de vida.

Primero alcanza a los que deben vivir de los salarios medios, luego reduce a los más pobres a la servidumbre. Pero finalmente alcanza también a los acomodados que son el sostén de esta dictadura, que ya no encontrarán los bienes a que estaban acostumbrados porque el decrecimiento de la demanda hará prohibitiva su producción o importación.

No estoy hablando solamente de vinos finos. Pienso más en medicinas, en computadoras, en películas de cine.

Podrán todavía, por un tiempo, ir a comprarlos en Buenos Aires, pero finalmente terminarán como esa embrutecida oligarquía haitiana que, divorciada del mundo, no tiene más solaz que una crueldad torpe.

Por supuesto, la feudalización puede terminar bien para los acomodados, si logran articular la expresión moderna del feudalismo, el estado corporativo, que es lo que buscan desde siempre.

Eso, en el caso que logren sobrevivir, porque hay otras posibilidades, menos soportables: la simple disolución del Paraguay, como la que ocurrió en Somalía, o el triunfo de gremios que los acomodados no esperan que triunfen, como ocurrió en Camboya.

Si esto último sucede, debemos rogar que Alberto Areco y Eladio Flecha se comporten con mayor mesura que Pol Pot, aunque la causa de su triunfo será también la incultura y la falta de principios de una oligarquía necia.