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La cuestión moral

Enrique Vargas Peña 

16 de marzo de 2001

La vida en el Paraguay es una de las demostraciones más evidentes de que no hay relación causal entre el actuar bien, hacer lo “correcto”, y acceder con ello a una vida proporcionalmente buena.

Al contrario, en el Paraguay lo que paga es el crimen. Los inescrupulosos son los personajes mas promocionados, envidiados y destacados de la sociedad. Ellos llegan aquí siempre a la cúspide y la gente que trata de llevar una existencia medianamente decente debe cederles el paso y pedirles disculpas.

Los que sobrefacturan sus trabajos, los que trafican influencias, los que juegan con el dinero de ahorristas incautos, los que adquieren estancias como pago de “cuentas”, los seductores y demás integrantes de la canalla social que está destruyendo al Paraguay se atreven ya a alardear incluso de ser “buenos tipos”.

Las más venerables instituciones del país deben abrirles las puertas, sopena de parecer demasiado exigentes y así aquellos sinvergüenzas logran imponer su malsana presencia incluso a los menos malos.

El problema de esto es que la astucia de estos aprovechadores está empobreciendo a todo el resto de los paraguayos.

Este sistema perverso proyecta una sensación de movilidad social abierta, en el sentido de que cualquiera que se sienta suficientemente liberado de las convenciones que hacen posible la vida civilizada puede ascender en la escala de ingresos.

Sin embargo, el número de los que accede está naturalmente restringido por las decrecientes oportunidades de expoliar que van quedando. Las oportunidades son decrecientes porque a mayor depredación de los recursos públicos, mayor carga se impone a la economía y mayor es la recesión.

Entonces, la señalada restricción natural produce un singular agravante de la injusticia: a mayor audacia en el crimen, mayor posibilidad de éxito.

Por eso el país decae cada vez más rápido. La creación de riquezas ha sido suplantada, en el sistema social paraguayo, por el robo de las mismas. Y el robo es cada vez menos disimulado.

Este proceso no se detiene con un mero cambio de ministros. No se detiene con un mero cambio de presidente. Se detiene solamente con una revolución. Y hay que aclarar que la revolución no es un golpe militar o palaciego, que la revolución específicamente excluye el golpe militar o palaciego.

Los paraguayos estamos ante una disyuntiva suprema en nuestra historia. O nos conformamos con cambios de ministros y presidentes y nos quedamos pobres, oprimidos y dominados como los haitianos o hacemos una revolución para castigar, de una buena vez, a los inmorales que nos están robando el futuro. 

 

    

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