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Cinismo norteamericano

Enrique Vargas Peña 

14 de julio de 2001

Los norteamericanos usan su poderosa influencia mundial para hacer que se crea que el régimen que existe en Paraguay es una democracia semejante a la que existe en Inglaterra.

            Sin embargo, todos los paraguayos recordamos que a partir del 28 de marzo de 1999 la Corte Suprema de Justicia suprimió, de manera ilegal, el derecho de la ciudadanía a elegir gobierno y que las autoridades impuestas así, sin el consentimiento del pueblo, han usado el poder para llevarse todo lo que han encontrado a su paso.

            El resultado está a la vista: la gente está hoy mucho más pobre y tiene muchos menos derechos que hace dos años, aunque los que miran CNN jamás lo sabrán.

            El Paraguay que se pinta desde Washington aparece con problemas como todos pero todavía se colorea con los tonos de una casi idílica democracia. Es lo mismo que decían de Perú mientras Vladimiro Montesinos, antiguo instrumento de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA), robaba, torturaba, mataba y, sobre todo, despojaba de derechos políticos a los peruanos con la entusiasta colaboración de Alberto Fujimori.

Ningún país sometido a la amistad de Estados Unidos se siente en libertad de decir la verdad sobre el Paraguay. Esto es especialmente cierto en el caso de Argentina, Uruguay, Bolivia y Chile, que fueron obligados a dejar de lado la célebre “cláusula democrática” de Mercosur, que por eso no sirvió para mantener la democracia en nuestro país.

Brasil, por su parte, tiene con el Paraguay la misma conducta que los norteamericanos sin necesidad de tutela. Está suficientemente demostrado que el gobierno del senador Luis Ángel González Macchi satisface plenamente las necesidades brasileñas. Nuestros vecinos de habla portuguesa no son muy puntillosos con los derechos populares.

El apoyo de Estados Unidos es la base más importante que sustenta al régimen que oprime al Paraguay. Sin los norteamericanos, el senador González Macchi no hubiera durado más de tres meses en el gobierno. La posición de Washington es decisiva, es decir, es el factor que controla realmente la situación en Paraguay.

El cinismo norteamericano no es nuevo, aunque ahora pretende ser más sutil. Ya nos habían dicho durante mucho, mucho tiempo, que Somoza, Videla y demás dictadores latinoamericanos eran “el mundo libre”. Muchos lo creíamos.

            Pero las dictaduras latinoamericanas no eran el mundo libre, ni nada que se le pareciera. Eran una pesadilla de terror, represión y corrupción que se diferenciaba muy poco de lo que los norteamericanos decían combatir. Para el latinoamericano de a pie, no había diferencias y los que oprimían en nombre de Washington y la hipotética opresión que vendría de Moscú. Ahora han vuelto a hacer lo mismo con Paraguay.

            El persistente apoyo de Estados Unidos al régimen paraguayo carece de fuerza moral. No es debido a la solidaridad entre demócratas, sino al temor a que el pueblo no haga lo que los norteamericanos desean.

            Del mismo modo, el Paraguay de hoy no tiene una democracia aunque lo sugiera machaconamente a diario el aparato propagandístico estadounidense, sino que sufre un sistema autoritario y corrompido que es lo contrario a lo que creían los fundadores de Estados Unidos.

 

    

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