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El factor sorpresa

Enrique Vargas Peña

Una de las fallas fundamentales en los razonamientos que justifican el recurso de la salida abreviada, por ejemplo el golpe militar, para intentar sacar al país del marasmo en que se encuentra está dada por el uso de una diferenciación que no existe en la realidad.

Se trata de la diferencia que hacen algunos analistas entre los políticos y los demás paraguayos, por ejemplo los jefes militares, como si fueran marcianos y venusianos y como si, en consecuencia, ante los mismos estímulos y circunstancias, se comportarían de manera distinta.

Sin embargo, en la realidad, los políticos y los militares son terrícolas y, para más, paraguayos. No solamente tienen los mismos genes, sino que comparten la misma cultura.

Esto significa, sencillamente, que ante los mismos estímulos, se comportan de manera semejante.

Y no significa que no pueda haber excepciones, ni que se acepte alguna suerte de determinismo, sino que las probabilidades de que se comporten de manera semejante son elevadas y deben, necesariamente, ser consideradas en cualquier análisis.

El empirismo, la triunfante filosofía de John Locke, logró aportar al mundo la democracia y la libertad modernas porque comprendió estos mecanismos y estableció la necesidad de la prueba experimental, es decir en los hechos, como elemento esencial del método científico.

La última experiencia paraguaya con el golpe militar "democratizador" fue la del 3 de febrero de 1989.

Por algún tiempo, todos los paraguayos llegamos a creer que los militares se habían redimido y habían dejado de ser paraguayos.

Basados en esa creencia sin fundamento, hicimos la Ley Fundamental de 1992, que deshechó alegremente toda la amarga experiencia nacional con respecto a la mecánica del poder. Cuando se mencionaba a lord Acton en la convención constituyente de 1991, los "expertos constitucionalistas" (Oscar Paciello, Federico Callizo, Rafael Eladio Velázquez, Eusebio Ramón Ayala, Carlos Mateo Balmelli, etc.) sentían lástima y reían discretamente de quienes se atrevían a recordar al inglés.

La Historia nos despertó del ensueño muy rápido, antes de seis meses de la vigencia de la entonces novísima Carta Magna, cuando el 27 de diciembre de 1992 los mismos militares que hicieron el golpe del 3 de febrero resolvieron desconocer la voluntad del pueblo.

Ellos y los empresarios que apoyaron entusiastas el atraco con que ese día se robó el triunfo electoral del Dr. Luís María Argaña, volvieron, de golpe y porrazo, a ser lo que siempre habían sido: paraguayos nomás, tentados como cualquier otro ser humano por el poder, pero sin los límites de una buena Constitución.

Es, pues, una ilusión creer que otros militares "democratizadores" pueden salvar al país de su actual dictadura o que se comportarán de modo distinto al que han venido comportándose desde siempre.

No lo harán. Ante el poder y sin ningún límite, actuarán como indica el axioma de Acton: "el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente".

En esto es muy difícil que haya un "factor sorpresa" y la historia paraguaya no permite considerarlo seriamente.