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Elecciones en EEUU

Enrique Vargas Peña

13 de diciembre de 2000

 

       Durante el curso del juicio político al que fue sometido el actual presidente de Estados Unidos, qu edó en evidencia que hay grupos en el partido Demócrata norteamericano que resolvieron prescindir de la ética y recurrir a la razón de Estado en su conducta tanto interna como internacional.

         El argumento único que estos grupos adujeron en defensa de William Jefferson Clinton, 42ndo. presidente de Estados Unidos, fue que dado que la economía del país marchaba bien, parecía útil para la sociedad dejar impunes los delitos de obstrucción a la Justicia y perjurio cometidos por el jefe del Estado.

         En síntesis, recomendaban sacrificar la decencia y la igualdad ante la ley con la excusa de que si no se hacía así, los dólares dejarían de fluir a los bolsillos de los norteamericanos.

         Cuando alguien resuelve caminar al costado de la ética y la moral, no lo hace para detenerse enseguida, sino para seguir derribando sin escrúpulos todas las cosas que se perciban como obstaculizando o retrasando el logro de los fines que se quieren alcanzar. Nadie que se haya adentrado en ese camino ha dado media vuelta para volver sobre sus pasos.

         En ese camino, las fuerzas que están representadas por el presidente Clinton se están topando con las salvaguardas que el sistema institucional norteamericano tiene para frenar peligros como estos: la no reelección presidencial, el Colegio Electoral y el sistema judicial.

         Como era de esperar, en el proceso electoral que debía permitir la elección de un nuevo presidente de Estados Unidos el pasado 7 de noviembre, las fuerzas de Clinton, que presentaban la candidatura de su vicepresidente Albert Gore, no han dudado en desafiar al máximo a esas salvaguardas, esperando que una, o todas, se quiebren y les permitan seguir avanzando en la lenta destrucción de la República norteamericana.

         La bandera que levantaron con ese propósito fue la de la necesidad de que todos los votos emitidos por los electores norteamericanos sean contados. Una bandera aparentemente noble, que encubre, sin embargo, un astuto abandono de principios fundamentales del sistema político institucional de Estados Unidos.

         Estos principios son la igualdad ante la ley y el debido proceso bajo la ley.

         La cuestión es sencilla, aunque fue artificialmente ensombrecida: los conteos manuales de votos exigidos por las fuerzas continuistas de Albert Gore implican incluir como válidos numerosos votos que no se ajustan a las disposiciones de las normas pre-existentes y, por tanto, su inclusión supone otorgar a sus emisores un privilegio que se niega a otros ciudadanos y supone legislar con efecto retroactivo para favorecer a esos electores.

         Es lo mismo que en una elección paraguaya se pretenda desempatar un resultado incluyendo en el conteo sufragios que las mesas receptoras de votos anularon no estar debidamente marcados.

         Los demócratas dirían que esos votos deben ser contados porque "todo voto cuenta" a pesar de que la ley previa, las reglas del juego, señala claramente que si el voto no está adecuadamente marcado debe ser anulado y que la responsabilidad de marcar correctamente el voto es del elector y no del sistema electoral.

         La resolución de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre la materia, emitida el 12 de diciembre y tomada por siete de sus nueve miembros, clarifica la cuestión de manera definitiva: mientras en los recuentos de votos no se establezcan normas que garanticen la igualdad ante la ley y el debido proceso bajo la ley, ellos, los recuentos, violan la Constitución de Estados Unidos y no deben realizarse.

         Las fuerzas de Clinton y Gore no se detendrán por esta resolución, aunque ella salva, de momento, la vida del sistema norteamericano tal como se conocía hasta ahora. Ellas seguirán haciendo todo lo posible para convertir lo que Augusto Roa Bastos denomina "la democracia imperial estadounidense" en un imperio puro y duro cuyo poder político actúa hacia adentro con la misma brutalidad y falta de escrúpulos con que actúa afuera.

    

   

    

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