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Austria reivindicada

Enrique Vargas Peña

13 de setiembre de 2000

         

        Después de un largo período, poco más de siete meses, la Unión Europea resolvió levantar las sanciones que había impuesto a Austria, país miembro, por haber los austriacos elegido a un gobierno integrado por el partido Liberal Austriaco (FPO), de Jorg Haider.                                                                   

Esta entidad, el FPO, fue acusada por los partidos de la Internacional Socialista de ser una organización filo fascista.

        La situación austríaca es parecida a la que, de hecho, impusieron Estados Unidos y Brasil al Paraguay tras la elección de Raúl Cubas Grau, el 10 de mayo de 1998.

        Como se recordará, el canciller alemán Gerhard Schroeder pidió a su colega y correligionario portugués, Cavaco, en ejercicio de la presidencia de la Unión Europea, que haga lo posible para imponer a los austriacos el mayor costo posible, de ser posible un costo realmente disuasivo, a fin de evitar el acceso al poder del FPO.

        Colaboraron activamente con la iniciativa alemana los partidos filo cristianos de Francia y Bélgica.

        La razón de todo esto fue que  el FPO había crecido electoralmente a costa de los socialistas y los democristianos, fuerzas hegemónicas en Europa, criticando duramente la corrupción generada por el "pacto de gobernabilidad" con el que durante más de treinta años ellas se habían repartido el gobierno de Austria, acuerdo semejante al vigente en muchos países europeos.

        El FPO llegó al favor del electorado por su posición antisistema, lo cual no debe ser confundido con una posición antidemocrática. De hecho, la democracia requiere de esta clase de fuerzas políticas para funcionar adecuadamente, para renovarse, para rectificar rumbos.

        Por tanto, el ejemplo de Haider, que la CSU, socio bávaro de los democristianos, está siempre pronto a seguir, podía cundir fácilmente en Alemania.

        Esto fue observado como una amenaza intolerable por Schroeder, que tiene en Alemania una situación espinosa. Los partidos políticos alemanes se encuentran muy desgastados por el escándalo de corrupción que derribó a la Democracia Cristiana alemana, la más poderosa del mundo.

        Entonces se creó el "mito Haider", en cuya virtud el líder del FPO es una especie de nuevo Hitler que amenaza a Europa con un Cuarto Reich, con todas las terribles consecuencias que ello implicaría.

        Ayudaron a esta visión distorsionada las estúpidas declaraciones que el propio Haider realizó sobre el régimen nacional-socialista, que le valieron la animadversión perenne de la comunidad judía internacional.

         En resumen, debido a necesidades que nada tienen que ver con las de los austriacos, la comunidad internacional satanizó durante siete meses a una democracia ejemplar en base a un montaje propagandístico que sí es digno de Goebbels, el célebre ministro de Hitler.

         El caso austriaco es consecuencia de la globalización, pero muestra su lado oscuro: ella no está todavía democratizada, sino que, de momento, puede ser instrumentada por intereses políticos, para imponer por la fuerza soluciones que no siempre son adecuadas y que casi nunca son justas.

 

 

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