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De la Rúa

Enrique Vargas Peña

12 de mayo de 2000

  

Visita el país el presidente argentino Fernando de la Rúa con el expreso propósito de prestar legitimidad a la dictadura que impera en el Paraguay, encabezada por el senador Luis González Macchi.

         La diferencia más importante entre ambos jefes de Estado es que De la Rúa fue elegido por el pueblo y González no.

         El régimen que sufre el Paraguay es resultado de un golpe de Estado militar, impulsado por Estados Unidos, Brasil y la Iglesia Católica, que se define con la suspensión de elecciones, el fraude electoral, la prórroga de mandatos, la proscripción de adversarios políticos, el hostigamiento a la prensa crítica, la sumisión política de órganos judiciales, el nepotismo y la corrupción.

         La visita de De la Rúa representa pues esa cínica falta de solidaridad democrática que hiere a América Latina de la que se queja el escritor peruano Mario Vargas Llosa, en cuya virtud algunos demócratas se olvidan de la democracia e igualan a un liberal como Batlle con un autócrata como Fujimori o a un demócrata como Lagos con un stronista como González Macchi.

         Es una verdadera pena que un presidente popularmente elegido de la Argentina haya aceptado prestarse a esta movida dictada desde Washington, considerando la notable semejanza que existe entre el actual proceso político paraguayo y el que sufrió el vecino país desde 1955.

         De la Rúa, que conoce lo sucedido en su país, no puede alegar inocencia en esta visita que hace para legitimar al gorilaje local.

         Aunque los radicales de De la Rúa fueron cómplices por décadas de la proscripción del peronismo, de las farsas electorales y de los gobiernos ilegítimos, era de esperar que la última fase trágica de la experiencia argentina, marcada por miles de desaparecidos por causas políticas, les hubiera enseñado que el camino que el presidente argentino viene a legitimar aquí está jalonado siempre con esos siniestros abusos a los que llegó el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” en su país.

         Lastimosamente, parece que tan amarga lección no fue aprendida por todos los radicales, por lo que De la Rúa llega para prestar reconocimiento a un régimen que mantiene en la cárcel a representantes del pueblo mediante acusaciones que de esgrimirse en Argentina, incluso en Argentina, implicarían el inmediato procesamiento de quien las usa; a un régimen que restauró la “orden superior” para conculcar derechos cívicos; a un régimen que reivindica y repite los peores aspectos de la dictadura de Alfredo Stroessner.

         Se dirá que De la Rúa debe hacerlo por las necesidades geopolíticas argentinas, pero entonces viene a la memoria la figura de otro radical, de muy distinta madera, Raúl Alfonsín, quien espantado del dolor inmenso que generó en su país la política de exclusión de la oligarquía porteña, hizo de la causa democrática el eje de la acción exterior argentina, por lo que jamás se prestó a reunirse con Stroessner.

         ¿Qué estará pensando Alfonsín ahora, que su correligionario viene a bendecir a los reivindicadores del stronismo? 

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