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Nuestra tercera vía

Enrique Vargas Peña

03 de mayo de 2000

   

           Las discusiones que existen sobre el futuro paraguayo discurren generalmente sobre dos posibilidades y sólo dos: el triunfo del régimen o la derrota del régimen.

         Cada una de estas opciones es pintada de diversas maneras. Los partidarios de la dictadura suponen que su triunfo traerá al país la estabilidad que necesita para salir del pozo. Los opositores creen que el suyo propio abrirá las puertas de un renacimiento democrático.

         Sin embargo, hay una tercera opción, que nadie parece considerar: la del empate, el estancamiento perpetuo que, en realidad, es una involución sin fin.

         Esto es diferente a lo que los opositores suponen que sucederá con el triunfo de la dictadura, que describen como un camino hacia el autoritarismo generando, en consecuencia, un riesgo de atraso.

         El empate impele a una parálisis que conduce necesariamente al atraso.

         En el empate, la situación produce una dilación en la toma de decisiones; produce lenidad cuando las decisiones han sido al fin tomadas; produce impunidad para quienes actúan al margen de dichas decisiones.

         La sociedad se deshace en sus componentes diversos, se feudaliza, y cada uno trata de sobrevivir como puede, y cada vez más eso significa mediante la fuerza.

         El esfuerzo nacional, si cabe tal expresión para definir la suma organizada de los esfuerzos individuales que existe en una sociedad ordenada, es reemplazado por un conjunto informe de esfuerzos centrífugos que implican un deterioro de las condiciones generales de vida, aún cuando alguno de aquellos tenga éxito.

         El empate se debe, más que a una imposibilidad de imponerse de una de las fuerzas en disputa, al agotamiento de ambas, en las que se va reemplazando la voluntad de luchar por la voluntad de acomodarse lo mejor que sea posible a la situación.

         Al final, todos terminan pareciéndose unos a otros y el Paraguay terminará en la situación de Haití: un tránsito largo, cansino, abúlico, hacia la miseria crónica que caracteriza a algunos países del mundo, especialmente a los que están en el África subsahariana.

         Los efectos de este destino lamentable están aún disimulados por los eventuales empujones que recibimos de las economías brasileña y argentina, que generan la ilusión de estar todavía en un mundo que avanza.

         Pero los síntomas de la realidad se hacen cada vez más evidentes, con la exclusión social observable ya a las puertas de Asunción, el atraso tecnológico afectando ya todas nuestras actividades y la desaparición de bienes de consumo de los mercados que ya no los traen porque carecen de demanda.

 

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