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El ejemplo de Batlle

Enrique Vargas Peña

11 de abril de 2000

 

La pasada semana el presidente uruguayo, Jorge Batlle, destituyó de manera fulminante al comandante de las Fuerzas Armadas de su país, ordenando su arresto riguroso.

Dicho militar había sostenido que los militares uruguayos deberían volver a combatir a la izquierda de su país, como lo habían hecho en la década del setenta, reivindicando así la tristemente célebre Doctrina de la Seguridad Nacional.

Esta doctrina es una elaboración del gobierno norteamericano, surgida durante los años en que Estados Unidos se enfrentaba a la ahora desaparecida Unión Soviética y aplicada principalmente en los países de América Latina.

Nuestros ejércitos fueron de ese modo convertidos en instrumento, no de alguna política nacional o de alguna necesidad propia, sino de la estratégia norteamericana destinada a velar por intereses norteamericanos.

La Doctrina de la Seguridad Nacional puede resumirse en la idea según la cual el "enemigo" está adentro, en la propia sociedad, la cual debe ser considerada el frente de guerra. Los militares deben luchar en ese frente para aniquilar al "enemigo interno".

Todos los ejércitos de América Latina, con excepciones como la cubana a partir de 1959 y la peruana a partir de 1968, fueron convertidos en tropas de ocupación de nuestros propios países para servir a los designios del gobierno de Washington. Desde Estados Unidos, se ordenaba aniquilar "enemigos".

Con la excusa de la "profesionalización" de nuestros soldados, los norteamericanos los llevaron a la "Escuela de las Americas" para enseñarles cosas tales como que la tortura es un método legítimo de acción bélica.

Nuestros ejércitos no estaban controlados por nuestros parlamentos o gobiernos, sino por el Departamento de Defensa (Pentágono) de Estados Unidos, que de ese modo fue capaz de decir quién tenía y quién no tenía permiso de gobernar en nuestros países, independientemente del apoyo que hubiera recibido de nuestros pueblos a los que se ha impuesto, además, la humillación de tener que solventar los gastos de tal esquema.

La aplicación de la Doctrina de Seguridad Nacional costó a la Argentina, por ejemplo, treinta años de tutela militar sobre el proceso político y miles de desaparecidos, "enemigos internos" que fueron "neutralizados".

Pero todos nuestros países sufrieron calamidades semejantes, aunque tal vez no de la misma magnitud. Todos seguimos sufriendo la influencia fáctica norteamericana a través de las Fuerzas Armadas. Uruguay, que era una democracia sólida y ejemplar, se vio sometido a una dictadura militar de doce años con la excusa de "detener a la izquierda".

La presente acción del presidente uruguayo Batlle, pues, es ejemplar, no solamente porque aclara perfectamente que el mando de la fuerza pública corresponde exclusiva y excluyentemente a las autoridades elegidas por el pueblo, sino, principalmente, porque es un mensaje continental: "hemos recuperado nuestra soberanía y, en lo que de nosotros depende, no la volveremos a someter a intereses ajenos".

La acción de Batlle contrasta con las de otros mandatarios de la región, que se han convertido en procónsules de potencias extranjeras.