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Tras la euforia

Enrique Vargas Peña

La euforia desatada tras el final de la convención del partido Liberal Radical Auténtico, en la cual una abrumadora mayoría de los representantes de los afiliados a la organización resolvió pasar a la oposición, abandonando en gobierno llamado de unidad nacional, está dejando lugar a observaciones menos apasionadas.

Hay que señalar, sin embargo, que la euforia es, en sí misma, sintomática del ánimo que existe en la sociedad: el pueblo paraguayo está cansado del régimen, de sus abusos, de sus mentiras, de sus fracasos económicos y sociales, de la corrupción.

La estrategia que impulsó a los líderes del partido Liberal Radical Auténtico a acompañar el sentimiento y los deseos de las bases del partido a favor del retiro, en vez de obstaculizarlos con postergaciones o condicionamientos como lo había estado haciendo hasta ahora es la pergeñada por el ex presidente Juan Carlos Wasmosy (La movida de Wasmosy).

El ex presidente necesita solamente dividir el voto opositor, con lo que asegura la supervivencia del régimen. La sumisión a esta estrategia es la que confesó Carlos Mateo Balmelli en la convención liberal, donde a pesar del triunfo de su postura aparente, apareció con rostro triste, tal vez debido a que no esperaba tan enérgico repudio al régimen por parte de las bases liberales.

Wasmosy no deseaba, ni desea, que el pueblo se pronuncie contra el régimen, pero el voto de la convención tuvo todas las características de tal pronunciamiento. Sus aliados tienen el resultado, aunque el curso de los acontecimientos puede eventualmente escapar a su control.

Si lo anterior es cierto, el siguiente paso de la dirigencia liberal radical auténtica es salir a cazar los votos que, en este momento, estaban siendo capitalizados por el oviedismo, con el discurso de sustituir a González Macchi para dejar incólume al régimen, manteniendo al Poder Judicial.

En efecto, aunque parece evidente que la convención les ha dado una mandato para oponerse al régimen, Franco y los suyos tratarán de limitar y canalizar el descontento en la figura de González Macchi, quien, por instigación de los agentes de Wasmosy en su entorno (por ejemplo "Icho" Planás, ministro de Obras Públicas) viaja a Brasilia en visita oficial con una delegación cuyos integrantes hacen alarde de su intención de visitar allí al depuesto dictador.

Semejante desafío sería una estupidez si no fuera deliberado: tiene el objeto de centrar el discurso opositor.

Sin embargo, González Macchi es accesorio, es un mero delegado de las cúpulas políticas. Ellas son las que deben ser despojadas del poder para que las cosas empiecen a cambiar en el Paraguay.

Las cúpulas políticas son las que tienen sometido al Poder Judicial, que les garantiza, "con la ley en la mano" sus odiosos privilegios, su impunidad, la represión de sus oponentes.

El reemplazo de González Macchi no cambiará esto y los estrategas del régimen lo saben perfectamente.

El secuestro del descontento marcha viento en popa hacia el mantenimiento de las estructuras que están destruyendo al Paraguay.