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La insoportable levedad del ser

Enrique Vargas Peña

09 de noviembre de 2000

   

Con motivo del desarrollo del escrutinio de las elecciones habidas el martes 7 en Estados Unidos, algún comentarista de la agencia española EFE se ha permitido realizar una presentación del sistema electoral norteamericano que pretende menospreciarlo por viejo y por ser indirecto.

Se refería a la posibilidad, que se define hoy, de que el próximo presidente de Estados Unidos sea elegido a pesar de no tener la mayoría del voto popular.

En Estados Unidos, el presidente es elegido por los pueblos de cada uno de los cincuenta estados separadamente y no por el pueblo de Estados Unidos como un todo.

Milan Kundera escribió un libro con la frase del título, referido a un momento de la vida de su desaparecido país, Checoeslovaquia, en el que mostró ese aspecto de la condición humana que es la puerilidad, que se manifiesta incluso en momentos que hacen historia.

         La puerilidad tiene una arista de simpleza que aterra cuando aparece en personas que se suponen generalmente menos proclives a sufrirla, como pueden ser los observadores de la política internacional.

         El sistema electoral norteamericano tiene doscientos años y ha contribuido de manera decisiva a crear y mantener a la sociedad más exitosa de la historia humana.

         Su relativa antigüedad, lejos de mostrar obsolescencia muestra su practicidad y el genio de sus creadores. Comparado con el sistema electoral español, por ejemplo, o, mejor, con la vida electoral de España, que nunca pudo garantizar períodos prolongados de estabilidad y prosperidad, el sistema norteamericano es sencillamente maravilloso.

         Lamentablemente, en Estados Unidos mismo existen sectores prontos a demoler el sistema que posibilitó la potencia y la riqueza norteamericanos a fin de asegurar algún objetivo inmediato.

         Las fuerzas políticas que apoyaron al saliente presidente norteamericano William Clinton, por señalar un caso manifiesto, que hablan ya de la necesidad de abolir el sistema para impedir que vuelva a suceder lo que puede ocurrir hoy, que es que George Bush triunfe a pesar de que Albert Gore es quien recibió más votos populares.

         Aunque ese impulso de los clintonianos es, en realidad, una manifestación más de su falta de ética y una exposición de los peligros a que se expone una república cuando entrega el poder a personas sin moral, es también una muestra de puerilidad.

         La historia de Roma enseña que este es el destino de las sociedades humanas: llegar a un punto de prosperidad tal que creen que los instrumentos que les permitieron llegar allí deben ser reemplazados.

         Es un destino cimentado en la insoportable levedad de los seres que, debiendo pensar, prefieren divagar.      

        

   

 

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