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El lamento de Vargas

Enrique Vargas Peña

09 de mayo de 2000

 

El celebrado escritor peruano Mario Vargas Llosa está lamentando la falta de solidaridad democrática de los países de América Latina con los demócratas peruanos, aplastados en el suyo por una dictadura perversa, la que estableció el 5 de abril de 1992 el señor Alberto Fujimori.

         Los países latinoamericanos, en efecto, miraron para otro lado durante el proceso electoral en curso en Perú, para designar presidente de la República y nuevo Congreso, realizado en circunstancias muy extrañas, por decir lo menos.

         En el Perú de Fujimori, la oposición no tiene acceso a los medios de comunicación televisivos de señal abierta; estos medios se encuentran completamente al servicio del régimen y el que se le oponía, perteneciente a Baruch Ivcher, le fue expropiado mediante una grosera instrumentación del Poder Judicial.

         En el Perú de Fujimori, los jueces que fallaron afectando los intereses y deseos del régimen fueron destituidos sin mayores trámites y reemplazados por otros, abyectos, para tranquilidad de la autocracia.

         En el Perú de Fujimori, un rebaño disfrazado de mayoría legislativa otorgó al déspota una “ley de interpretación auténtica” de la Constitución mediante la que se le hace decir que las dos veces que una persona puede ser presidente son iguales a las tres veces que lo será, casi sin dudas, el dictador peruano.

Ante todos estos casos escandalosos, para no hablar de los referidos a la tortura de presos, espionaje interno, etc., los países de América Latina se quedaron mudos, están quietos y hay incluso algunos, como Brasil, que no ven en ellos problema alguno para la democracia peruana.

Ocurre que el régimen de Fujimori nació con la bendición de Estados Unidos, que desactivó con respecto a Perú todos los mecanismos que se habían establecido en el sistema interamericano para la defensa de la democracia.

         El general William E. Odom, que trabajaba entonces en el entorno del presidente Clinton, definió la instalación del régimen de Fujimori como una buena dictadura, necesaria para desmontar privilegios oligárquicos sin cuento que trababan el desarrollo peruano.

         Estados Unidos, al mismo tiempo, ejerce un papel tutelar en numerosos países de América Latina, dictando, literalmente, la política exterior de los mismos, como se ha comprobado recientemente con el voto que Argentina tuvo que dar sobre Cuba en Naciones Unidas, contrario a lo que había prometido durante su campaña electoral el presidente Fernando de la Rúa.

         Consecuentemente, la bendición norteamericana a Fujimori fue razón suficiente para que los gobiernos latinoamericanos tiraran por la borda toda la enorme cantidad de declaraciones, resoluciones, discursos, decretos, reconocimientos, reflexiones, obras y reuniones que había realizado para evitar sucesos como los que afectaban a Perú, y aceptaran, todos, al nuevo dictador como uno más entre ellos, sin perjuicio de seguir excluyendo al régimen cubano con la excusa de toda esa cháchara democrática que sólo se usa cuando Washington da permiso.

         Vargas Llosa lamenta ahora eso, y está bien que lo haga, pero debería recordar que él también forma parte del coro de mudos dirigido por Clinton cuando se trata de otras dictaduras también establecidas por Estados Unidos, como la que ahora sufre el Paraguay.

         Cuando llore también por ella, Vargas Llosa tendrá más autoridad.

 

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