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¿Sobrevivirá el argañismo?

Enrique Vargas Peña

08 de setiembre de 2000

           

         Los movimientos políticos articulados en torno a un líder carismático muy pocas veces sobreviven a esa personalidad poderosa que suele arrastrar a la tumba a su proyección popular.

        La excepción, que siempre las hay, es el Movimiento Nacional Justicialista argentino, no tanto porque su jefe histórico, Perón, haya tomado alguna provisión especialmente destinada a asegurar la supervivencia del peronismo, sino porque sus sucesores, especialmente Carlos Menem, tuvieron la práctica idea de convertirlo en algo muy distinto a lo que había sido.

        Los peronistas están logrando adaptarse, lo cual es extremadamente difícil en la vida política. Aún así el éxito es incierto.

        El franquismo no sobrevivió a Franco en España, el salazarismo no sobrevivió a Salazar, el populismo brasileño no sobrevivió a Getulio, el fascismo no sobrevivió a Mussolini en Italia.

        El argañismo o Movimiento de Reconciliación Colorada era una fuerza completamente animada por la figura de Luis María Argaña y, desaparecido él, ha sido mantenido hasta ahora más por el intento de Wasmosy y de Stroessner por manipularlo en su provecho que por su vitalidad interna.

        Desaparecido el Dr. Argaña, al argañismo se convirtió muy pronto en una mera sociedad de beneficiencia, con elementos, como la estructuración cuasi monárquica de sus mandos, que la sociedad no ve con buenos ojos.

        La derrota electoral que el argañismo sufrió el pasado 13 de agosto puso a los operadores que trabajaban en el movimiento ante el hecho cierto, y para ellos sorprendente, de que Reconciliación Colorada no puede ya ofrecerles aquello que Luis María Argaña les ofrecía: una visión del partido Colorado como fuerza rectora de la sociedad paraguaya.

        Los intentos de la familia Argaña, del senador González Macchi, de Wasmosy, del grupo Stroessner, por mantener el esquema, fracasaron lamentable y rotundamente porque aquella visión del Dr. Argaña era, sencillamente, parte de su vitalidad y, consecuentemente, no es transferible en los mismos términos en que él la había formulado.

        Para sobrevivir, el argañismo debe, pues, hacer lo del peronismo. Debe adaptarse. Pero tiene serias dificultades para hacerlo porque sus líderes carecen de la cultura necesaria, con la excepción de Nicanor Duarte Frutos.

        Esa es la causa que explica por qué los jefes argañistas creen, vanamente, que pueden arreglar movilizaciones, lealtades y elecciones a platazo limpio.

        Nicanor es la única personalidad visible en el argañismo con la base intelectual necesaria para superar la crisis pero tiene el problema de haber estado asociado con Wasmosy, lo cual no es completamente digerible para numerosos operadores argañistas.

        La asociación de Nicanor con Wasmosy supone que, de imponerse, el ministro de Educación podría transformar al argañismo en la fuerza propulsora de la reelección del ex presidente, con un programa, como acostumbra a presentar el ingeniero, capaz de seducir realmente a las clases medias y altas del país.

        Pero la seducción es diferente del amor. Ella solamente sirve para conquistar y no es la entrega incondicional y bien intencionada que es el amor. Detrás de la seducción puede venir la depredación.

         El argañismo, pues, tal como lo hemos conocido, no sobrevivirá. 

 

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