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Delirios

Enrique Vargas Peña

06 de junio de 2000

  

         En algunos centros de estudios sociales se discuten de cuando en cuando ideas radicales tales como la disolución de la representación del pueblo en sistemas constitucionales que no contemplan esa figura.

         Muchos analistas denominan “delirio” a esas o semejantes propuestas.

         Cuando Oliver Cromwell disolvió el “Largo Parlamento” en un marco constitucional que no lo permitía, lejos de estar delirando resolvió un problema que paralizaba el desarrollo institucional de Inglaterra: en nombre de normas preexistentes, se estaba limitando la participación popular en el gobierno.

         Al disolver el Parlamento, Cromwell consolidó las bases del sistema político que se estaba forjando, la democracia representativa.

         En Paraguay, un demócrata ejemplar como Eligio Ayala, disolvió el Congreso en 1922 para reconstruir las instituciones de la República, que gracias a ello tuvieron un mejor funcionamiento durante los siguientes catorce años, pudiendo enfrentar satisfactoriamente el desafío de la Guerra del Chaco.

         En 1991, la Convención Constituyente de Colombia, en la que participaban personalidades de la talla de Gabriel García Márquez, por motivos muy parecidos a los de Cromwell, disolvió en Congreso colombiano para dar al país la posibilidad de legitimar su representación política.

         Lo mismo ocurrió en Venezuela, a iniciativa del presidente Hugo Chávez, que disolvió el Congreso en uno de los más radicales procesos revolucionarios de América Latina, para fundar las bases de un nuevo y más participativo sistema político.

         Hubo otras disoluciones, exitosas, aunque no democratizadoras, como la de Estigarribia en 1940, en Paraguay, o la de Fujimori, en Perú, en 1992.

         En síntesis, existen situaciones históricas que requieren establecer cambios que permitan a la sociedad que las vive superar los problemas que sufre y marchar hacia marcos más provechosamente ordenados.

         A esto se denomina, precisamente, “nuevos paradigmas”: una sociedad paralizada en sus viejos paradigmas los reemplaza por otros que le permitan seguir adelante.

         Es natural que los sectores que se benefician del status quo se resistan a modificar los paradigmas que le son provechosos, aunque ellos perjudiquen notoriamente a todo el resto de la sociedad.

         Pero es delirante, esto sí delirante y dogmático, impedir que se discutan los posibles nuevos paradigmas o, peor, condenar a quienes los proponen.

         Las sociedades civilizadas acogen las propuestas, las discuten, las acogen o las rechazan, pero jamás sacrifican a sus pensadores, porque eso es un extravío.

 

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