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El desencanto *

Enrique Vargas Peña 

04 de agosto de 2001


Los latinoamericanos, dice el estudio de opinión que publica cada año el instituto "Latinómetro" de Santiago de Chile, estamos cada vez más decepcionados de la democracia. 

A mi juicio las cosas no son así de simples. Hay decepción, sí, y mucha, con el sistema que nos han vendido como democracia, pero que de gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo tiene solamente el nombre. 

¿Cómo no habría decepción y desencanto y rabia con un sistema que ha permitido el triunfo de la corrupción, que ha premiado a los inescrupulosos, que ha secuestrado la esperanza ciudadana y el nivel de vida de la gente? 

Apenas caída la dictadura de Marcos Pérez Giménez en Venezuela (1958) los principales políticos del país empezaron a negociar un sistema institucional que se formalizó en el pacto de gobernabilidad conocido como Acuerdo de Punto Fijo. 

En Punto Fijo los políticos no devolvieron el poder al pueblo, sino que se lo escamotearon. Se le negó a la ciudadanía el derecho a elegir intendentes municipales o gobernadores regionales. Se le negó el derecho a intervenir en la selección de candidatos de los partidos políticos, cuyas autoridades digitaban a los candidatos. Se le prohibió presentar candidaturas independientes. A ese engendro oligárquico denominaron “democracia” los políticos venezolanos y sus congéneres de América Latina, con el beneplácito tutelar de Estados Unidos. 

Para entender lo lejos que Punto Fijo está de la democracia no hay más que comparar sus resultados institucionales con el sistema que rige a los norteamericanos. 

La democracia es sencilla: muchas elecciones, cuanto más seguidas mejor, para que los elegidos se encuentren siempre sometidos a la vigilancia del pueblo. Cuando los políticos proponen otra cosa, es porque quieren robar. 

En realidad, el Pacto de Punto Fijo estableció una dictadura colegiada plebiscitaría que es lo contrario de la democracia. Las oligarquías políticas no son democracias aunque cuenten con la bendición de Washington que, hay que recordar, bendijo a gente como Somoza, Trujillo y Videla. 

Todos los políticos de la región han estado aspirando con sus propios pactos de gobernabilidad, que les garantizasen que el pueblo no los controlaría. 

El ejemplo de Punto Fijo llegó al Paraguay en 1995. 

Los resultados han sido iguales en todas partes y en todas fueron igualmente catastróficos. La impunidad y la corrupción políticas se han hecho proverbiales en América Latina y son tan célebres como el empobrecimiento, la injusticia y la desigualdad que generan. 

Y la gente está harta. El cansancio popular crece según el grado de “puntofijismo” alcanzado en cada país. Sistemas no tan contagiados como el uruguayo, gozan de apoyo público considerable, sistemas como el paraguayo, versión empeorada del venezolano, son universalmente repudiados. 

Venezuela no pudo sacudirse del yugo de los políticos sin la cruel convulsión del “Caracazo” (27 de febrero de 1989) y, luego, el proceso revolucionario encabezado por Hugo Chávez. Algo parecido, pero aplastado, ocurrió en Ecuador y en Paraguay. También en Perú, donde el descontento popular con los políticos fue aprovechado por la gavilla delincuencial integrada por Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. 

Hay descontento en América Latina, eso es evidente. Pero no es con la democracia, sino con los sinvergüenzas que disfrazados de demócratas entran a saco en el Estado para, con el auxilio de jueces venales que ellos mismos nombran, apoderarse del dinero para hospitales, escuelas y caminos y depositarlo en sus cuentas de Miami.

*Publicado en La Nación de Asunción el viernes 03 de agosto.

    

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