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El cinismo de EEUU

Enrique Vargas Peña

03 de mayo de 2000

   

Hay un corolario que falta en todo este discurso elaborado por Peter Romero para el Paraguay, un corolario que él, por supuesto, no menciona y del que hablan menos los que aquí trabajan para Wasmosy en los medios, especialmente los directores periodísticos del diario Ultima Hora.

         Peter Romero se queja, como se recordará, del fracaso del gobierno paraguayo y, más dramáticamente, de la clase política paraguaya.

         No se queja de la parte que le cupo a él mismo en este fracaso, como, en general, los norteamericanos no emiten sonido sobre los costos de sus fracasos de política exterior.

         Para restarle apasionamiento al tema, baste a modo de ejemplo el caso iraní, que es más o menos semejante: en Irán, Estados Unidos derrocó al gobierno legal y legítimo de Sadeq Mossadeq (1954), quien fue ejecutado, para instalar la más corrupta, incompetente y represiva autocracia que hayan sufrido nunca los iraníes en sus dos mil quinientos años de historia nacional, la que encabezó Mohamed Reza Pahlevi.

         Esa autocracia oprimió desde 1954 hasta 1978 a los iraníes con el aplauso entusiasta de Estados Unidos, que guardaba un silencio miserable cada vez que la Savak, policía política de la dictadura iraní, actuaba, matando, torturando, hostigando.

         Estados Unidos nada dijo en favor de los derechos humanos de los iraníes cuando Reza Pahlevi ordenó la demolición de aldeas y el traslado masivo de poblaciones, para dar cumplimiento a un sueño suyo de reorganizar el campo.

         Estados Unidos no habló mientras se gastaban, y malgastaban, enormes recursos petroleros en financiar las apetencias militares de Pahlevi, o el tren de vida escandaloso de sus amigos, financiado con dinero del pueblo mediante contratos públicos.

         Cuando estalló la inevitable rebelión, encabezada por Khomeini, los norteamericanos pintaron a este con los rasgos de Satán, mientras convertían al homicida que les había servido en una especie de héroe que había que respetar y admirar.

         Los iraníes, que nada habían hecho contra Estados Unidos, que debieron soportar durante 25 años el más oprobioso régimen de su historia porque Estados Unidos lo decidió, debieron ver, además, como eran convertidos en parias internacionales por rebelarse contra la injusticia.

         A veinte años del estallido, los iraníes siguen segregados, con los mercados cerrados, con las miradas sospechosas sobre ellos, mientras los culpables, los verdaderos culpables, guardan silencio o, peor, actúan como si estuvieran escandalizados y sorprendidos del odio que lo norteamericano despierta en Irán.

         Nunca, nunca, nunca surgió de Washington un pedido de disculpas, un reconocimiento del error, una explicación más o menos objetiva de la situación.

         Lo mismo ocurre con Cuba, lo mismo con Vietnam, lo mismo con Colombia.

         Ellos, los norteamericanos, arman el problema, ellos lo profundizan, lo convierten en una crisis grave. Ellos se convierten luego en jueces de sus propias víctimas las que, encima, deben soportar generalmente una condena.

         William Jefferson Clinton es un sinvergüenza, que destruyó la transición paraguaya hacia la democracia e instaló en el poder a una camarilla autoritaria. La inmensidad de su poder, y la de su aparato propagandístico, no modifican la situación.

         Cuando aflore el sentimiento que han sembrado, Peter Romero se mostrará, con el mayor descaro y cinismo del que es capaz, que es mucho, sorprendido y disgustado y fulminará contra las víctimas de su política la condena acostumbrada.

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